"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

lunes, 29 de octubre de 2012

EL SATANISMO DE LA "FIESTA" DE "HALLOWEEN": Por P. Roberto Yannuzzi.

Hemos visto cómo los medios de comunicación han movido a la gente para celebrar la fiesta de Halloween, buscando, una vez más, imponer en nuestra cultura, elementos que le son totalmente ajenos. En efecto, las fiestas que celebramos reflejan quiénes somos e influyen en nuestros valores. Es alarmante que muchos cristianos hayan olvidado el testimonio de los santos y prefieran festejar con "brujas y fantasmas".

"HALLOWEEN" proviene del inglés antiguo, "All hallows eve", y significa Víspera Santa, pues se refiere a la noche del 31 de Octubre, víspera de la Fiesta de Todos los Santos. La fantasía anglosajona, sin embargo, le ha robado su sentido religioso para celebrar en su lugar la noche del terror, de las brujas y los fantasmas. Halloween marca un triste retorno al paganismo.

Ya desde el siglo VI antes de Cristo los celtas del norte de Europa celebraban el fin del año con la fiesta de Samhein, fiesta del sol, que comenzaba la noche del 31 de Octubre. Marcaba el fin del verano y de las cosechas. Creían que aquella noche, el dios de la muerte permitía a los muertos volver a la tierra fomentando un ambiente de muerte y terror. La separación entre los vivos y los muertos se disolvía aquella noche, haciendo posible la comunicación entre unos y otros. Según la religión celta, las almas de algunos difuntos estaban atrapadas dentro de animales feroces y podían ser liberadas ofreciendo a los dioses sacrificios de toda índole, incluso sacrificios humanos.

Aquellos desafortunados también creían que esa noche los espíritus malignos, fantasmas y otros monstruos, salían libremente para aterrorizar a los hombres. Para aplacarlos y protegerse, se hacían grandes hogueras. Otras formas de evitar el acoso de estos macabros personajes era preparándoles alimentos, montando macabras escenografías y disfrazándose para tratar de asemejarse a ellos y, así, pasar desapercibidos a sus miradas amenazantes.

Cuando los pueblos celtas se cristianizaron, no todos renunciaron a las costumbres paganas. La coincidencia cronológica de la fiesta pagana con la fiesta cristiana de Todos los Santos y la de los difuntos, que es el día siguiente, hizo que algunos las mezclaran. En vez de recordar los buenos ejemplos de los santos y orar por los antepasados, se llenaban de miedo ante las antiguas supersticiones sobre la muerte y los difuntos.

Algunos inmigrantes irlandeses introdujeron Halloween en los Estados Unidos, donde llegó a ser parte del folklore popular. Se le añadieron diversos elementos paganos tomados de los diferentes grupos de inmigrantes hasta llegar a incluir la creencias en brujas, fantasmas, duendes, Drácula y monstruos de toda especie. Desde USA, Halloween se ha propagado por todo el mundo...

La noche del satanismo.

Con el reciente incremento de satanismo y lo oculto, la noche de Halloween se ha convertido en la ocasión para celebrar a lo grande toda clase de ritos tenebrosos, desde brujerías hasta misas negras y asesinatos. Es lamentable que, con el pretexto de la curiosidad o de sólo pasar el tiempo, no son pocos los cristianos que juegan con las artes del Maligno.

Cristina Kneer de Vidal, tras convertirse al catolicismo luego de practicar durante varios años el satanismo y el esoterismo, explicó que la fiesta de Halloween es la más importante para los cultos demoníacos pues, además de iniciarse el nuevo año satánico, "es como si se celebrara el cumpleaños del diablo".

Kneer es una mujer estadounidense radicada en México, quien durante más de 15 años ha estudiado metafísica y ocultismo y realizado diversos viajes astrológicos.

La ex astróloga afirmó que la noche de Halloween no debe ser celebrada por ningún católico pues, entre otras cosas, es la fecha en la que los grupos satánicos sacrifican a jóvenes y niños. "No quiero asustar a nadie, todo el mundo es libre de creer lo que quiera, pero mis palabras deben ser tomadas en cuenta, por lo menos pido que me escuchen, razonen y decidan", afirmó.

"Miles de personas han adoptado sin saberlo una costumbre satánica y con ello están propiciando el crecimiento del satanismo en México y en las grandes ciudades", agregó Kneer y explicó que "son temas poco conocidos. Yo practiqué la meditación y aunque ahora me arrepiento, llegué a abominar a Dios".

Asimismo, Kneer explicó que los ritos satánicos "se ofician en el campo o en edificios cerrados fuertemente vigilados y se inician con la invocación de Satanás que, muchas veces, no se presenta porque, a diferencia de Dios, no puede estar en todas partes".

A mitad del rito son sacrificados animales como gatos, perros y, cuando la fiesta es muy importante, como la de Halloween, se realizan sacrificios humanos. "Se eligen preferentemente niños porque son los que aún no han pecado y son los preferidos por Dios", afirmó.

La cultura moderna, jactándose de ser pragmática y científica, ha rechazado a Dios por considerarlo un mito ya superado. Al mismo tiempo, para llenar el vacío del alma, el hombre de hoy retrocede cada vez más al absurdo de la superstición y del paganismo. Ha cambiado a Dios por el mismo demonio.

sábado, 13 de octubre de 2012

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Palabras de León XIII a propósito del descubrimiento de América.

Recordamos las palabras de su santidad el Papa León XIII, al celebrarse el 400 aniversario de la gesta de Colón:
 
"Al cumplirse cuatrocientos años desde que un hombre ligur, con el auspicio de Dios, llegó por primera vez a las ignotas costas que se encuentran al otro lado del Océano Atlántico, los hombres desean con ansias celebrar la memoria de este evento de grato recuerdo, así como ensalzar a su autor. Y ciertamente no se encontrará fácilmente causa más digna de mover los ánimos e inflamar las voluntades. En efecto, este evento es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás; y aquél que lo realizó es comparable con pocos hombres por la magnitud de su valor e ingenio. Por obra suya emergió de la inexplorada profundidad del océano un nuevo mundo: cientos de miles de mortales fueron restituidos del olvido y las tinieblas a la comunidad del género humano, fueron trasladados de un culto salvaje a la mansedumbre y a la humanidad, y lo que es muchísimo más, fueron llamados nuevamente de la muerte a la vida eterna por la participación en los bienes que nos trajo Jesucristo.
 
Europa, atónita por el milagro y la novedad de este súbito suceso, ha conocido después, poco a poco, cuánto le debe a Colón, cuando debido al establecimiento de colonias en América, los asiduos viajes, los intercambios comerciales, los negocios marítimos, se abrió increíblemente el acceso al conocimiento de la naturaleza, y al bien común, y creció con ello de modo admirable el prestigio del nombre de Europa.
 
Así pues, en tan grandiosa manifestación de honor, y entre tal sinfonía de voces agradecidas, la Iglesia ciertamente no ha de permanecer en silencio, sobre todo cuando ha tenido por costumbre e institución suya aprobar gustosamente y tratar de fomentar todo cuanto haya visto de honesto y laudable. Ésta conserva los singulares y mayores honores a las virtudes más destacadas y que conducen a la salvación eterna del alma. No por ello, sin embargo, desdeña o estima en poco a las demás; más aún, con gran voluntad ha solido siempre promover y honrar de modo especial los méritos obtenidos por la sociedad civil de los hombres, también si han alcanzado la inmortalidad en la historia. Admirable, en efecto, es Dios sobre todo en sus santos; no obstante, su divino poder deja también huellas en aquellos en quienes brilla una fuerza extraordinaria en el alma y en la mente, pues no de otro lugar viene a los hombres la luz del ingenio y la grandeza del alma, sino tan sólo de Dios, su Creador.
 
Hay además otra causa, ciertamente singular, por la que creemos que se ha de recordar con grata memoria este hecho inmortal: Colón es de los nuestros. Si por un momento se examina cuál habría sido la causa principal que lo llevó a decidir conquistar el mar tenebroso, y por qué motivo se esforzó en obtenerlo, no se puede poner en duda la gran importancia de la fe católica en el inicio y realización de este evento, al punto que también por esto es no poco lo que debe a la Iglesia el género humano.
 
En efecto, no son pocos los hombres fuertes y experimentados que tanto antes como después de Colón buscaron con esfuerzo pertinaz tales tierras ignotas y tales aún más ignotos mares. Su memoria es y será justamente predicada por su fama y el recuerdo de sus beneficios, ya que propagaron los fines de las ciencias y de la humanidad, e incrementaron la común prosperidad, no fácilmente, sino con gran esfuerzo, y no raramente a través de inmensos peligros.
 
S.S. León XIII
Ocurre, sin embargo, que hay una gran diferencia entre aquéllos y aquel de quien hablamos en esta ocasión. Una característica distingue principalmente a Colón: al recorrer una y otra vez los inmensos espacios del océano iba tras algo mucho más grande y elevado que todos los demás. Esto no quiere decir que no lo moviese en nada el honestísimo deseo de conocer o de ser bien apreciado por la sociedad humana, o que desdeñase la gloria, cuyas penas más ásperas suelen estar en los hombres más valerosos, o que despreciase del todo la esperanza de obtener riquezas. No obstante, mucho más decisiva que todas estas razones humanas fue para él la religión de sus padres, que ciertamente le dio mente y voluntad indubitables, y lo proveyó a menudo de constancia y solaz en las mayores dificultades. Consta, pues, que esta idea y este propósito residían en su ánimo: acercar y hacer patente el Evangelio en nuevas tierras y mares.
 
Esto podrá parecer poco verosímil para quien reduzca su pensamiento y sus intereses a esta naturaleza que se percibe con los sentidos, y se niegue a mirar realidades más altas. Por el contrario, suele suceder que los más grandes ingenios desean elevarse cada vez más, y así están preparados mejor que nadie para acoger el influjo y la inspiración de la fe divina. Ciertamente Colón unió el estudio de la naturaleza al de la religión, y conformó su mente a los preceptos que emanan de la íntima fe católica. Por ello, al descubrir por medio de la astronomía y el estudio de los antiguos la existencia hacia el occidente de un gran espacio de tierra más allá de los límites del orbe conocido, pensaba en la inmensa multitud que estaría aún confusa en miserables tinieblas, crueles ritos y supersticiones de dioses vanos. Triste es vivir un culto agreste y costumbres salvajes; más triste es carecer de noticia de mayores realidades, y permanecer en la ignorancia del único Dios verdadero. Así pues, agitándose esto en su ánimo, fue el primero en emprender la tarea de extender al occidente el nombre cristiano y los beneficios de la caridad cristiana. Y esto se puede comprobar en la entera historia de su proeza.
 
Cuando se dirigió por primera vez a Fernando e Isabel, reyes de España, por miedo a que rechazasen emprender esta tarea, les expuso con claridad su objetivo: para que creciera su gloria hasta la inmortalidad, si determinasen llevar el nombre y la doctrina de Jesucristo a regiones tan lejanas. Y habiendo alcanzado no mucho después sus deseos, dio testimonio de que pidió a Dios que con su gracia y auxilios quieran los reyes continuar en su deseo de imbuir estas nuevas costas con el Evangelio. Se apresuró entonces a dirigir una carta al Sumo Pontífice Alejandro VI pidiéndole hombres apostólicos. Allí le dice: confío, con la ayuda de Dios, en poder algún día propagar lo más ampliamente posible el sacrosanto nombre de Jesucristo y su Evangelio. Juzgamos que también debe haberse visto transportado por el gozo cuando al retornar por primera vez de la India escribió desde Lisboa a Rafael Sánchez que había dado inmortales gracias a Dios por haberle concedido benignamente tan prósperos éxitos, y que había que alegrarse y vitorear a Jesucristo en la tierra y en el cielo por estar la salvación ya próxima a innumerables gentes que estaban antes perdidas en la muerte. Y para mover a Fernando e Isabel para que sólo dejasen que cristianos católicos llegaran hasta el Nuevo Mundo e iniciaran las relaciones con los indígenas, les dio como motivo el que no buscaba nada más que el incremento y la honra de la religión cristiana. Esto fue comprendido excelentemente por Isabel, que entendió mejor que nadie el propósito de este gran varón. Más aún, se sabe que esta piadosísima mujer, de viril ingenio y gran alma, no tuvo sino el mismo propósito. De Colón afirmó que con gusto se dirigiría al vasto océano para realizar esta empresa tan insigne para gloria de Dios. Y cuando retornó por segunda vez escribió a Colón que habían sido óptimamente empleados los aportes que había dado a las expediciones a las Indias, y que habría de mantenerlos, pues con ellos habría de conseguir la difusión del catolicismo.
 
De otro modo, si no hubiese sido por esta causa mayor que toda causa humana, ¿de dónde podría haber obtenido la constancia y la fortaleza de ánimo para soportar, incluso hasta el extremo, cuando tuvo que soportar y sufrir? Sabemos que le eran contrarias las opiniones de los eruditos, los rechazos de los hombres más importantes, las tempestades del furioso océano, las continuas vigilias, por las que más de una vez perdió el uso de la vista. Experimentó guerras con los bárbaros, la infidelidad de sus amigos y compañeros, infames conspiraciones, la perfidia de los envidiosos, las calumnias de sus detractores, los grillos que le impusieron siendo inocente. Por necesidad tendría que haber sucumbido ante tan grandes sufrimientos y ataques, si no lo hubiese sostenido la conciencia de la hermosísima tarea, gloriosa para el nombre cristiano y saludable para una infinita multitud, que sabía que iba a realizar.
 
Que esto sucedió así lo ilustra admirablemente cuanto sucedió en aquel tiempo, pues Colón abrió el camino a América en un momento en que estaba cercana a iniciarse una gran tempestad en la Iglesia. Por eso, en cuanto sea lícito considerar los caminos de la Providencia a partir de los eventos acontecidos, parece que este adorno de la Liguria nació por un designio verdaderamente singular de Dios, para reparar los daños que en Europa se infligirían al nombre católico.
 
Llamar al género de los Indios a la vida cristiana era ciertamente tarea y misión de la Iglesia. Y ciertamente la emprendió en seguida desde el inicio, y sigue haciéndolo, habiendo llegado recientemente hasta la más lejana Patagonia. Por su parte, Colón orientó todo su esfuerzo con su pensamiento profundamente arraigado en la tarea de preparar y disponer los caminos al Evangelio, y no hizo casi nada sin tener como guía a la religión y a la piedad como compañera. Conmemoramos realidades muy conocidas, pero que han de ser declaradas por ser insignes en la mente y el ánimo de aquél hombre. A saber, obligado por los portugueses y por los genoveses a partir sin ver cumplida su tarea, se dirigió a España y maduró al interior de las paredes de una casa religiosa su gran decisión de meditada exploración, teniendo como compañero y confesor a un religioso discípulo de San Francisco de Asís. Siete años después, cuando iba a partir al océano, atendió a cuanto era preciso para la expiación de su alma. Rezó a la Reina del Cielo para que esté presente en los inicios y dirija su recorrido. Y ordenó que no se soltase vela alguna antes de ser implorado el nombre de la Trinidad. Luego, estando en aguas profundas, ante un cruel mar y las vociferaciones de la tripulación, era amparado por una tranquila constancia de ánimo, pues Dios era su apoyo.
 
El propósito de este hombre se ve también en los nombres mismos que puso a las nuevas islas. Al llegar a cada una, adoraba suplicante a Dios omnipotente, y tomaba posesión siempre en el nombre de Jesucristo. Al pisar cada orilla, lo primero que hizo fue fijar en la costa el sacrosanto estandarte de la Cruz; y fue el primero en pronunciar en las nuevas islas el divino nombre del Redentor, que a menudo había cantado en mar abierto ante el sonido de las murmurantes olas. También por esta causa empezó a edificar en la Española sobre las ruinas del templo, y hacía preceder las celebraciones populares por las santísimas ceremonias.
 
He aquí, pues, adónde miraba y qué hizo Colón al explorar tan grandes extensiones de mar y tierra, inaccesibles e incultas hasta esa fecha, pero cuya humanidad, nombre y riqueza habría luego de crecer rápidamente a tanta amplitud como vemos hoy. Por todo ello, la magnitud del hecho, así como la importancia y la variedad de los beneficios que le siguieron, demandan ciertamente que sea celebrada con grato recuerdo y todo honor; pero ante todo habrá que reconocer y venerar de modo singular la voluntad y el designio de la Eterna Sabiduría, a quien abiertamente obedeció y sirvió el descubridor del Nuevo Mundo.
 
Así pues, para que el aniversario de Colón se realice dignamente y de acuerdo a la verdad, ha de añadirse la santidad al decoro de las celebraciones civiles. Y por ello, tal como cuando se recibió la noticia del descubrimiento se dio públicamente gracias a Dios inmortal y providentísimo por indicación del Sumo Pontífice, así también ahora consideramos que se haga lo mismo para renovar la memoria de este feliz evento. Decretamos por ello que el día 12 de octubre, o el siguiente día domingo, si así lo juzga apropiado el Ordinario del lugar, se celebre después del Oficio del día el solemne rito de la Misa de la Santísima Trinidad en las iglesias Catedrales y conventuales de España, Italia y de ambas Américas. Confiamos asimismo en que, además de las naciones arriba mencionadas, las demás realicen lo mismo por consejo sus Obispos, pues cuanto fue un bien para todos conviene que sea piadosa y gratamente celebrado por todos.
 
Entre tanto, deseándoles los bienes divinos y como testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os impartimos de corazón, a vosotros Venerables Hermanos, lo mismo que a vuestro clero y pueblo, la bendición apostólica en el Señor.
 
Dado en Roma, en San Pedro, el día 16 de julio del año 1892, decimoquinto de Nuestro Pontificado.
 
León PP. XIII"

SAN EDUARDO, REY DE INGLATERRA: 13 de Octubre.

No fueron fáciles aquellos años, abundaban las intrigas, las muertes violentas y los saqueos de toda clase... al rey Eduardo le tocó de cerca tanta desgracia. Nació cerca de Oxford, en Inglaterra, por el año 1004. Cuando apenas sabrá distinguir el mal y el bien de las cosas, ya se verá obligado a cargar con los sinsabores de su pertenencia a la familia reinante de su patria. Son años difíciles para Inglaterra. Quizá los más trágicos de su historia.

No tenía más de diez años cuando su padre un día le manda que vista el traje más bonito y que se disponga para partir a lejanas tierras. ¿Motivo? Su padre Etelberto teme que un usurpador del trono dé muerte a él y a toda su familia. Por lo menos, piensa, vamos a salvar a ésta, y manda a su esposa Emma que con los dos hijos menores, Eduardo y Alfredo, parta para Normandía donde tiene buenos amigos, hablan su idioma y se sentirán como en casa.

He aquí a Eduardo en tierra extranjera y solitario. Pronto llegan malas noticias: Su padre ha muerto y su hermano mayor, Edmundo, que era el príncipe heredero, también. Los campos son arrasados, los labriegos y nobles muertos a espada. Toda Inglaterra está sumida en el caos más espantoso. Por si fuera poco para el joven Eduardo, un día llegan unos emisarios que dicen venir con muy buenas intenciones para llevarse a Inglaterra a los dos hermanos. Alfredo se lo cree y cae en sus patrañas recibiendo la muerte. Para colmo de males aquella mujer, su madre Emma, que parecía amar a sus hijos y a su patria, un día desaparece... ha ido a contraer matrimonio con el mismo usurpador. Eduardo queda solo y huérfano. Pero no se desalienta. Se refugia en la oración que es donde espera la luz y la fuerza para resistir y vencer. Acudió a Dios con toda confianza de hijo y le habló así:

«Señor, Padre mío, no tengo a quien volver los ojos en la tierra. Por ello acudo a Ti, seguro de que vas a venir en mi ayuda. Mi padre murió después de una vida de desgracias. La crueldad ha destruido a mis hermanos. Mi madre me ha dado un padrastro en mi mayor enemigo. Mis amigos me han vuelto la espalda. Estoy solo, Señor, y mientras tanto buscan mi vida. Pero tú eres el protector del huérfano y en Ti está la defensa del pobre. Ayúdame, Señor».

Eduardo era de temperamento recogido, taciturno, amante de la justicia, aunque no quería derramamiento de sangre. No hay mal que dure cien años. Los ingleses una vez muerto el usurpador fueron a buscar a Eduardo y volvió en olor de multitudes a su patria donde fue coronado rey, el día de Pascua, 3 de abril de 1043. Eduardo nada supo de venganzas contra los que habían hecho tanto mal a él y a su patria. Perdonó. Enderezó todos los entuertos que había cometido el usurpador. Quitó los impuestos, protegió a los pobres y trabajó con todas sus fuerzas por la prosperidad material y espiritual de su patria. Tomó como lema: «Ser más padre que rey; Servir más que mandar». Y este otro: «Ser rey de sí mismo y súbdito de Dios». 

Un autor que vivió en ese tiempo nos dejó los siguientes datos acerca de San Eduardo: "Era un verdadero hombre de Dios. Vivía como un ángel en medio de tantas ocupaciones materiales y se notaba que Dios lo ayudaba en todo. Eran tan bondadoso que jamás humilló con sus palabras ni al último de sus servidores. Se mostraba especialmente generoso con los pobres, y con los emigrantes, y ayudaba mucho a los monjes. Aún el tiempo en que estaba en vacaciones y dedicado a la cacería, ni un solo día dejaba de asistir a la santa misa. Era alto, majestuoso, de rostro sonrosado y cabellos blancos. Su sola presencia inspiraba cariño y aprecio". 

Cuando Eduardo estaba desterrado en Normandía prometió a Dios que si lograba volver a Inglaterra iría en peregrinación a Roma a llevar una donación al Sumo Pontífice. Cuando ya fue rey, contó a sus colaboradores el juramento que había hecho, pero estos le dijeron: "el reino está en paz porque todos le obedecen con gusto pero si se va a hacer un viaje tan largo, estallará la guerra civil y se arruinará el país". Entonces envió unos embajadores a consultar al Papa San León Nono, el cual le mandó decir que le permitía cambiar su promesa por otra: dar para los pobres lo que iba a gastar en el viaje, y construir un buen convento para religiosos. Así lo hizo puntualmente: repartió entre la gente pobre todo lo que había ahorrado para hacer el viaje, y vendiendo varias de sus propiedades, construyó un convento para 70 monjes, la famosa Abadía de Westminster (nombre que significa: Monasterio del Occidente). En la catedral que hay en ese sitio es donde sepultan a los reyes de Inglaterra. 

Recomendó a su madre que ingresara en un Monasterio como así lo hizo. El casó con la virtuosa Edit que era «rosa que floreció entre espinas»: piadosa, culta, hermosa, prudente. Hicieron voto de virginidad, de vivir como hermanos y se amaron con toda el alma. Ella fue un buen puntal para el gobierno de Eduardo. A tantos males siguieron más bienes. En dos palabras podíamos resumir su largo reinado: Paz y justicia. Y al haber esto, siguió la tercera: prosperidad y bien espiritual. Era muy piadoso y gran devoto de la Eucaristía y de la Virgen María. Era el 5 de enero de 1066 cuando expiró. Le lloró toda Inglaterra. Habían perdido a un padre y al mejor de todos los reyes de su milenaria historia. 

Eduardo III, sabio y profundo legislador, llamado a Inglaterra por el concierto unánime de las voluntades, hizo florecer en ella la justicia y la paz. Edificó numerosas iglesias y fundó la abadía de Westminster. Extremadamente caritativo, llevó un día a un pobre en sus espaldas y le dio una sortija de gran valor. Nada rehusaba de lo que se le pedía en nombre de San Juan Evangelista, el cual le advirtió sobre la hora de su muerte.

Era el 5 de enero de 1066 cuando expiró. Le lloró toda Inglaterra. Habían perdido a un padre y al mejor de todos los reyes de su milenaria historia. Desgastado de tanto trabajar por su religión y por su pueblo, sintió que le llegaba la hora de la muerte. A los que lloraban al verlo morir, les dijo: "No se aflijan ni se entristezcan, pues yo dejo esta tierra, lugar de dolor y de peligros, para ir a la Patria Celestial donde la paz reina para siempre".

viernes, 12 de octubre de 2012

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Cristóbal Colón, el desconocido. Quinta parte...

Tercer viaje (30 de mayo de 1498 – noviembre de 1500).

En otoño de 1496 su estrella se apagaba, pero de todas formas los reyes lo recibieron en Burgos, donde le volvieron a confirmar sus privilegios, pero ya lo estaban viendo con mucho recelo. Deseaban seguir usando sus conocimientos en la navegación pero querían apartarlo del gobierno para de esa forma ellos llevar las riendas del proceso que había iniciado en 1492, pero que se les estaba saliendo de las manos, además de que estaba ofreciendo bajas rentas. Hay que sumarle, además, que desde aquella época se estaba ya insistiendo en que no había llegado a Asia, como se pretendía, de allí que Colón le diera mucha importancia a encontrar tierra firme.

Las noticias de que Juan Caboto había llegado a la península de Labrador desde Inglaterra, y el que Vasco da Gama saliera para alcanzar la India bordeando toda África, aceleró los planes de Colón, que también buscaba introducir cultivos en el Nuevo Mundo, tales como la caña de azúcar y repartir las tierras a los colonos. Pese a todo, logra equipar 6 embarcaciones y embarcar como parte de la tripulación a 30 mujeres. La flota salió de Sanlúcar de Barraneda, haciendo escala en Madeira y La Gomera; dos de ellas se fueron a reforzar el asentamiento de La Española, mientras él se dirigía más al sur, donde descubrió Trinidad y llegó a la costa venezolana de Paria y la desembocadura del río Orinoco, lugar donde creyó estar próximo al paraíso terrenal debido a su exuberante vegetación, siendo recibido amistosamente por los nativos.

Para el 15 de agosto se dirigió a La Española donde tuvo que lidiar con una sublevación comandada por Francisco Roldán, a quien había nombrado alcalde de Isabela. La rebelión era por las mismas razones que antes: la falta de alimentos y riqueza. Colón se sometió a las exigencias de los rebeldes, y repartió tierras y dándoles autorización para usar a los nativos como esclavos. Pese a las medidas tomadas, los desordenes continuaban, obligando a los reyes a enviar un juez pesquisidor especial, Francisco de Bobadilla, comendador de Calatrava, a hacerse cargo de la gobernación y administrar la justicia. No hay que dejar a un lado el envío, en forma de venta, de 300 nativos como esclavos a España, hecho que disgustó enormemente a los reyes.

Llegado Bobadilla, destituyó a Colón y a sus hermanos Diego y Bartolomé de todos sus cargos, y confiscó los bienes del almirante. Colón admitió haberse excedido en su autoridad al haber mandado ahorcar a varios colonos descontentos, pero atribuyó su fracaso al diablo. Sin embargo, fue enviado de regreso a España despojado de los honores, encadenado y acusado de malos tratos y tiranía. Durante el viaje comenzó a mostrar signos de desequilibrios mentales, ya que diseñó un plan para atacar la retaguardia del Islam por la “vía Oceánica”, y reconquistar Jerusalén para los reyes. También comenzó a tener exagerados arrebatos de misticismo afirmar que faltaban 155 años para el fin del mundo, según cálculos que hizo con base en los escritos de San Agustín, y concluyó que el descubrimiento de las Indias era parte de un plan divino que aceleraba el momento histórico para lograr ese final. 

El cuarto y último viaje (11 de mayo de 1502 – 7 de noviembre de 1504).

Pese a los acontecimientos que le habían acaecido en su último viaje, los reyes se reconciliaron con Colón y le autorizaron un cuarto viaje, pero este tenía un objetivo claro: encontrar por lo que hoy en Centroamérica el paso a la tierra de las especias, prohibiéndole desembarcar en La Española y traficar con esclavos. Partió de Cádiz con cuatro carabelas y con 140 tripulantes, entre ellos su hijo Hernando. La expedición de primera instancia llegó a lo que hoy es Belice, donde vio vestigios de la cultura maya, pero se decidió ir al sudeste, donde recorrió lo que hoy es Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, sin encontrar el tan anhelado paso a la tierra de las especias. De haberse decidido viajar al norte hubiera llegado a Yucatán.

La expedición fue la peor de todas, ya que se tuvo que enfrentar a muchas tormentas y huracanes, los barcos fueron invadidos por la broma (molusco que roe la madera) y perdiendo dos, las enfermedades azotaron a la tripulación, siendo afectados el mismo Colón y su hijo Hernando, que a la sazón contaba con 13 años, quienes estuvieron a punto de morir. Las semanas continuaron y no se lograba nada, hasta que llegaron a Veragua, entre Costa Rica y Panamá, donde había oro. Pero ni con eso mejoraron las condiciones, ya que febriles y arrastrados por el viento, tuvieron que seguir adelante hasta la desembocadura del río Culebra, donde Colón escribió: “La gente estaba tan molida que deseaba la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos ya habían perdido las barcas, anclas, velas y estaban abiertos, sin velas”.

Dada la situación, se dirigió a Jamaica en junio de 1503, donde esperó siete meses para recibir ayuda por parte de Nicolás de Ovando, gobernador de La Española, enfrentándose en tanto a una sublevación de sus hombres y a la hostilidad de los nativos. Enfermo de artritis, tuvo que esperar cinco meses en La Española para poder regresar a España, llegando a Sanlúcar de Barrameda el mes de noviembre de 1504, al poco tiempo de morir Isabel la Católica. 

La polémica.

A su llegada comenzó un periodo de decadencia, ya que se deprimió, su salud decayó y lo envolvió una decadencia física y mental. Para el verano de 1506 fue recibido por el monarca Fernando el Católico en Segovia, a quien le reclamaba lo pactado y los privilegios que había perdido, pero el rey no estuvo dispuesto a cambiar su decisión de regresarle los honores, y menos cumplir con lo acordado. De todas formas siguió buscando audiencia con el monarca. Una ya pactada tuvo que ser cancelada por la muerte de Fernando y por la inmediata ascensión como monarcas de Felipe el Hermoso y doña Juana, a quienes buscó afanosamente para entrevistarse. No logrando el objetivo, les envió una carta donde se les ponía a sus órdenes.

Catafalco que contiene los restos del Almirante en la Catedral de Sevilla
Para mayo 19 de 1506 entró en agonía, ratificando el testamento que había hecho el 25 de agosto de año anterior, donde le heredaba a su hijo Diego todos sus bienes y oficios, no olvidando ni a su hijo Hernando ni a sus hermanos Bartolomé y Diego en el. Después de pedir el hábito de san Francisco, murió en Valladolid en compañía de su hijo Hernando, su cuñado Francisco y algunas personas más. Se cuenta que donde falleció fue en una casa de la calle Ancha de Magdalena donde hay una placa que dice: “Aquí murió Colón. Gloria al genio”.

Sin embargo, el almirante no tuvo reposo aun después de muerto, ya que primero se le enterró en el convento de los franciscanos de Valladolid, donde permaneció hasta 1509 cuando fue enviado al monasterio cartujo de Las Cuevas de Sevilla, donde su hijo Diego tenía un panteón familiar. De allí fue trasladado en 1536 a la catedral de Santo Domingo, República Dominicana, por instancias de su suegra María de Toledo, quien no sólo llevó los restos de Colón si no de su esposo Diego. En 1795 la isla pasó a manos francesas, así que los restos del almirante volvieron a cambiar de ubicación y se les llevó a la catedral de La Habana, donde estuvieron hasta 1898, fecha en que la isla fue ocupada por los Estados Unidos, llevándoselos a Sevilla, dejándolos en un catafalco de la catedral.

Pero Colón no estuvo exento de polémicas ni muerto, siendo la más importante la que se desató en 1877 al hallarse en la catedral dominicana unos restos con una inscripción que hacía referencia a Colón. Por ello, la disputa entre las dos ciudades por cuál de las dos tenía los verdaderos restos del descubridor no se hizo esperar. Estudios recientes de ADN confirman que los restos hallados en Sevilla no pueden ser de Colón pero sí de su hijo Diego. De todos modos el enigma persiste.

El legado.

Lo que sí es un hecho es que, si bien es cierto Colón disfrutó de cierta fama en su primer viaje, con el paso del tiempo su figura estuvo llena de altibajos, pero en franco declive. En su tiempo no fue realmente valorado, aun y cuando hizo mucho, y se ganó muchas antipatías, tantas que al morir su figura cayó en el olvido. Su hijo Hernando intentó rescatarla al publicar la primera biografía que hay de él en 1571, pero no suscitó gran interés. La segunda obra referente a él fue la Historia general de las Indias que se imprimió hasta el siglo 19 por Bartolomé de las Casas, pese haberse escrito en los primeros años del descubrimiento.

Durante el romanticismo se revaloró su imagen, ya que el nacionalismo italiano lo idealizó, convirtiéndolo en una figura mítica, con un aurea de heroísmo y generando una historiografía que en muchas ocasiones raya en lo inexacto, cayendo en lugares comunes.

Sin duda alguna, la vida de Cristóbal Colón todavía no depara muchas sorpresas por la cantidad de interrogantes que nos deja su vida. Aquel hombre que cambió el rumbo de la historia por haber descubierto un continente, sigue siendo un desconocido, y murió, irónicamente, obstinado con la negativa de lo evidente: que había descubierto un continente y no había llegado a las Indias.

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Interesante discurso del Presidente de la Argentína, General don Juan Domingo Perón, en la Academia Argentina de Letras, sobre la Hispanidad...

En 1947, el entonces presidente de la Argentína pronunció un discurso en el cual exaltó la obra de España en América, denunció la “leyenda negra” sobre la Conquista y reivindicó “el Día de la Raza, instituido por Hipólito Yrigoyen” 

"No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza.

Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Espíritu contra utilitarismo.

Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos.
Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza. 

Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza.

Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”.

En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad.

Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación- que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación -”teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”.

Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad.
Señores:

La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto-, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporada y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944- que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver- la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.

Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía.

Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador."

Juan Domingo Perón

jueves, 11 de octubre de 2012

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Cristóbal Colón, el desconocido. Cuarta parte...

El viaje.
 
Para el día 12 de agosto llegaban a las Canarias, siendo clave en el viaje ya que de haber partido más al norte se hubiera encontrado con vientos en contra que lo hubieran hecho fracasar, pero como partió a la altura de La Gomera, punto cercano al paralelo 28, se encontró con vientos favorables, mar tranquilo y la corriente ecuatorial de Cabo Verde. Parecía estar perfectamente informado del régimen de los vientos del Atlántico, ya que navegó al oeste con total seguridad, como si conociera el camino. Colón llevaba dos cuentas distintas, una en la que apuntaba la distancia realmente recorrida y otra en la que la reducía, siendo la última la que decía a los marineros.
 
Sin embargo, el no ver tierra prontamente inquietó a la tripulación y casi estalla un motín. Los inconformes pensaban “echarlo una noche al mar, si porfiaba pasar adelante”, pero la intervención de Martín Pinzón calmó lo ánimos, ya que exigió a la tripulación paciencia. Para el día 10 de octubre se vieron bandadas de pájaros y Colón optó por desviarse al sudoeste, siendo importante esta decisión, ya que de haber mantenido el mismo rumbo la misma corriente lo hubiera llevado posiblemente al centro de Atlántico.
 
Cerca de las dos de la madrugada del 12 de octubre, el vigía de la Pinta, Rodrigo de Triana (su nombre verdadero era Juan Rodríguez Bermejo) vio una playa arenosa y grito: “¡Tierra!”. Habían llegado a un islote de las islas Bahamas llamado Guanahaní (probablemente Watling) y rebautizado por Colón como San Salvador. Al tomar posesión de la isla vieron a los nativos, a quienes llamaron “indios” porque estaban seguros de haber llegado a algún rincón de la India. Convencido de que se encontraba en las innumerables islas de Asia se dirigió al sudoeste, descubriendo nuevas islas como Santa María de la Concepción (Cayo Rum), Fernandina, Isabela y Juana (Cuba).
 
La escasez de oro y los beneficios paupérrimos obtenidos en las tierras recién descubiertas provocaron insatisfacción en la tripulación, situación que empeoró con los problemas entre Colón y Martín Pinzón, hecho que provocó que en noviembre se separara con la Pinta sin el permiso de Colón, buscando ganancias.
 
El 5 de diciembre, debido a un cambio en los vientos, Colón llegó a Haití, pero él la llamó La Española (República Dominicana), donde encontró oro y una cultura más desarrollada. Sin embargo, debido a un descuido de un marinero la Santa María encalló el 25 de diciembre, y no se pudo reflotar de nuevo. Con los restos se construyó un fuerte en la costa, llamado Fuerte Navidad, y se dejó a 39 hombres al mando de Diego de Arana en lo que sería el primer asentamiento europeo en América, partiendo él en la Niña el 4 de enero de 1493 rumbo a España; dos días después la Pinta, que se creía perdida, se unió al viaje. Colón decidió tomar hacia el norte para encontrarse con los vientos del oeste, permitiéndole esto llegar a las Azores para el 12 de febrero, sin embargo, las naves tuvieron que separarse debido a una fuerte tormenta que las obligó a separarse, llevando a la Pinta a Bayona de Galicia y la Niña al puerto de Santa María, en Portugal. Es aquí donde se suscita una nueva interrogante: ¿de verdad fueron los vientos los que lo llevaron a Portugal o fue planeado? 
 
Su regreso.
 
La visita a Portugal sigue generando polémica entre los historiadores ya que no hay una razón de peso para que se dirigiera a Lisboa, donde era muy seguro se entrevistaría con el rey Juan II quien con toda seguridad le preguntaría los detalles del viaje. ¿Fue una venganza por las veces que la Corona portuguesa rechazó sus planes? Pese a que Colón estuvo allí nueve días, no hay constancia de lo que platicó con el monarca. En Lisboa escribió Carta del Descubrimiento, donde narra su viaje, pero lo interesante es que no va dirigida a los Reyes Católicos sino a los funcionarios de la Corona aragonesa Luis de Santángel y Gabriel Sánchez. El escrito primero se publicó en Barcelona para después reimprimirse en Roma, Amberes, Florencia, París y Basilea, y así toda Europa supo del llamado Nuevo Mundo.
 
Después de visitar Lisboa, se dirigió a Palos, donde se encontraría con Martín Pinzón quien busco afanosamente ser recibido por los monarcas y contarles lo descubierto, sin embargo los reyes se negaron a recibirlo. Moriría poco tiempo después de una enfermedad desconocida en Europa: la sífilis. De Palos, Colón se fue a Sevilla, Córdova, Murcia, Valencia para finalmente llegar a Barcelona, donde se encontraban los soberanos, que se dieron por satisfechos por lo logrado por Colón y le confirmaron sus prerrogativas, además de recibirlo con todos los honores.
 
Al ver el resultado se comenzó a preparar el segundo viaje con la finalidad de colonizar y evangelizar las nuevas tierras, pero para ello los reyes necesitaban el aval del papa español Alejandro VI para confirmarles la posesión de las tierras, cosa que hizo, fijando los derechos de las tierras al oeste de una línea imaginaria trazada de norte a sur y situada a 100 leguas (entre 550 - 600 kms) de las islas Cabo Verde. Pero Portugal no estuvo conforme con eso, por ello, con el auspicio de Alejandro VII se firmó el 7 de junio de 1493 Tratado de Tordesillas, que consistía en un nuevo acuerdo que recorría la línea divisoria más al poniente llevándola a 370 (2060 kms aproximadamente) leguas de Cabo Verde. Por esta razón lo que hoy es Brasil fue colonia por portuguesa.
 
Segundo viaje (25 de septiembre de 1493 – 8 de junio de 1496).
 
La organización del viaje quedo a cargo de Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Sevilla y quien posteriormente se convertiría en enemigo de Colón. Debido al éxito del primer viaje no costó trabajo encontrar voluntarios para el viaje, siendo la cantidad de 1300 hombres (algunos dicen que 1500) repartidos en 17 buques (12 naos y 5 carabelas), quienes partieron el 25 de septiembre de 1493 de Cádiz. Colón ahora decidió cambiar de rumbo con respecto al primer viaje y desde La Gomera escogió una ruta más al sur, lo que lo llevó a alcanzar la isla Deseada (Dominica) en sólo 21 días de haber salido de La Gomera, llegando el 3 de noviembre, representando un hallazgo de una ruta más corta.
 
Después de viajar por nuevas islas como Puerto Rico y Guadalupe, llegaron a La Española, encontrando el Fuerte Navidad destruido y la guarnición eliminada por los indígenas quienes acusaban a los españoles de raptar a las mujeres y atacar sus poblados en busca de oro. Colón entonces decide fundar el 6 de enero de 1494 la primera ciudad en América: La Isabela, al norte de lo que hoy es República Dominicana. Después de cortar de tajo algunas disensiones y demostrar que como gobernante era sumamente pésimo, tanto que se echó a prácticamente todos en contra, decide dejar en La Española a Pedro Margait y Alonso de Ojeda, y reanuda sus viajes de exploración regresando de nuevo a Cuba donde recorrió un laberinto de islotes a los que llamó Jardín de la Reina y que en un principio tomo como el archipiélago de las mil islas descrito por Marco Polo. Descubrió Jamaica, que creyó era el reino de Seba, bautizándolo con el nombre de Santiago, y también Martinica, Trinidad, San Juan Bautista (Puerto Rico) y una parte de la costa continental.
 
Regresando a La Española Colón se enfrentó a una sublevación de indígenas que se quejaban del maltrato recibido por los colonos, que al no adaptarse fácilmente se excedieron con los nativos. Sin embargo Colón no fue mejor y derrotó sin contemplaciones el levantamiento, que fue condenado por los reyes quienes rechazaban esa política de mano dura, agravando la relación entre ambas partes, tanto que ordenaron una investigación judicial y enviaron a un comisario real que lo conminó a regresar a España, siendo esta una de las dos razones por las cuales regresó, la otra fue el haber contraído una grave enfermedad. Zarpó en un buque construido en La Española llamado la India, que fue el primero montado en América que llegó a España. 
 
Tomado de El Gueto de las Ideas: http://guetodeideas.blogspot.mx/2010/11/cristobal-colon-el-desconocido-4ta.html

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Cristóbal Colón, el desconocido. Tercera parte...

Las Capitulaciones de Santa Fe.
 
En Santa Fe, Colón se enfrentó tanto a apoyadores como detractores. Se formó de nueva cuenta una comisión de la que formaron parte el cardenal Mendoza, fray Juan Pérez, Luis de Santángel (tesorero del rey Fernando) y el legado papal Alejandro Geraldini, casi todos ellos de origen judío converso. La comisión se mostró renuente debido a las exorbitadas exigencias de un personaje que surgía de la nada y que pedía todas las honras. Las negociaciones fueron difíciles y en una ocasión la Reina le mandó decir que “que se fuese en buena hora”. El 2 de febrero de 1492, mientras los Reyes entraban vencedores a Granada, Colón se alejaba hacia La Rábida cuando un mensajero le cortó el paso avanzados 6 kilómetros de Santa Fe avisándole que los reyes le ordenaban regresar. Habían terminado cediendo a la propuesta, en parte por la intercesión de Santángel y Juan Pérez.
 
Conocidas como Las Capitulaciones de Santa Fe, el acuerdo firmado entre los monarcas y Colón el 17 de abril de 1492, estipulaba que si la misión tenía éxito se le otorgaría el título de Almirante de la Mar Océana en todos las islas y tierras “que por su mano e industria se descubrieran o ganaran”, con prerrogativas iguales a las del almirante de Castilla y con carácter hereditario. Así mismo tendría el título de virrey y gobernador de todas las tierras que descubriese, recibiría el diez por ciento de las riquezas halladas y los beneficios que el comercio generase, también se le permitía contribuir con la octava parte en futuras expediciones a cambio de un octavo de las ganancias.
 
Los beneficios se ampliaron después del éxito de la expedición ya que se le dio la categoría de “don” por parte de los monarcas, se le concedió que el nombramiento de virrey fuera hereditario y se le otorgó la exclusiva para fletar expediciones al Nuevo Mundo. Pese a las enormes concesiones que se le dieron, la realidad fue que los monarcas al ver la magnitud e importancia del descubrimiento, con el paso del tiempo ignoraron y acortaron las demandas a Colón y sus descendientes, tanto que para 1556 sus herederos renunciaron a los beneficios pactados en las Capitulaciones, cuando ya prácticamente eran papel mojado.
 
La navegación de la época.
 
Los avances que la navegación de altura y la cartografía experimentaban obligaban a cambios transcendentales en la forma de navegar. A diferencia de la navegación de canotaje, que se efectuaba cerca de la costa y con frecuentes escalas, la navegación de altura oceánica exigía estar muchos días sin pisar tierra, para ello era inútiles las galeras de bajo bordo, macizas y lentas. Eran necesarias embarcaciones resistentes al fuerte oleaje, siendo las carabelas las indicadas para ser usadas.
 
Usada desde 1440, la carabela era un velero largo, de casco resistente y escaso calado, que usaba de forma indistinta la vela cuadrada o triangular que podía cargar entre 60 y 100 toneladas y con vientos favorables podían navegar a 11 nudos (unos 20 km/h).
 
Para el navegante era importante saber de las condiciones del mar, los vientos y las corrientes, así como era imprescindible emplear aparatos como la brújula, el cuadrante común (que medía los ángulos tomando como referencia los astros y permitía encontrar la latitud adecuada), el astrolabio (que determinaba el movimiento de los astros), la ballestilla y arbalestrilla, que era una especie de sextante.
 
La vida en un barco de la época era sumamente dura. Las guardias se hacían en turnos de cuatro horas, la comida era escasa, monótona y sólo se comía caliente cuando hacía buen tiempo. La alimentación era mala ya que consistía en bizcochos, salazones, tocino rancio y vino agrio, además de baja en vitaminas que provocaba frecuentemente escorbuto en la tripulación. La higiene era sumamente lamentable. Tenían que ocuparse además de regar la cubierta y achicar el agua acumulada en las sentinas. Dormían sobre cubierta y cubiertos por un toldo si había mal tiempo.
 
Los preparativos.
 
El costo total de la expedición se calcula entre uno y dos millones de maravedíes. Como fue la Corona de Castilla quien la autorizó, la reina Isabel financió la empresa con más de la mitad del dinero. Aquella imagen romántica de que tuvo que empeñar sus joyas para sufragar los gastos, posiblemente no sucedió. Pero no sólo fue la reina quien contribuyó, también Santángel con fondos del Tesoro Real, varios banqueros genoveses y florentinos prestaron 500,000 maravedíes a Colón y Palos de la Frontera ofreció dos carabelas como pago por una multa pendiente a la Real Hacienda.
 
El encontrar la tripulación fue un gran problema al que se tuvo que enfrentar Colón, ya que primero que nada era un desconocido y segundo lo nebuloso del viaje hizo que los marineros de Palos, Sevilla y otros puertos andaluces se negaran a unirse al viaje. Sólo fue por la intervención de los hermanos Pinzón, que eran muy respetados como marinos y comerciantes, que se pudo encontrar marineros dispuestos a ir. A los Pinzón los conoció por medio de los monjes de La Rábida, y fue tan importante su intervención que Colón prometió Martín Alonso Pinzón que repartiría las ganancias con él, cosa que no terminó sucediendo ya que terminaron enfrentados antes de que concluir el primer viaje.
 
La expedición zarpó del puerto de Palos con dos carabelas, la Pinta y la Niña y una nao, la Santa María. La Pinta iba al mando de Colón y de contramaestre Juan de la Cosa. La Pinta iba comandada por Martín Alonso Pinzón y como contramaestre Francisco Pinzón. La Niña era comandada por Vicente Yáñez Pinzón y de con contramaestre Juan Niño. En la tripulación no iban ni soldados ni colonos, ya que se trataba de un viaje de exploración, pero si un judío converso que conocía las lenguas de Oriente llamado Luis de Torres, además de estos iban cuatro penados (un homicida y tres reos de cohecho), un médico y un cirujano. La gran mayoría eran andaluces, el resto vascos y de otras regiones; la presencia de misioneros entre ellos no se ha podido comprobar. La cantidad de tripulantes sigue generando polémica ya que no se ha podido determinar con exactitud la cantidad por varias razones, entre las cuales están la desaparición de importantes documentos del viaje y el que muchos afirmaron tener familiares entre ellos para de esa forma sacar reclamar ganancias del viaje.
 
Aunque se han dado muchas cifras, parece que constaba de entre 87 como mínimo y 105 como máximo. Los reyes le entregaron a Colón cartas para el gran Kan de Tartaria, además cargó una provisión de baratijas que esperaba cambiar por oro y especias. Los barcos estaban cargados también con salazón, tocino, galletas, harina, vino, aceite de oliva y agua.
 
No deja de ser significativo el día en que partieron las naves: el 3 de agosto. Justo el día que los Reyes Católicos habían fijado como el último para que todos los judíos abandonasen sus reinos. ¿Mera coincidencia? 
 
Tomado de El Gueto de las Ideas: http://guetodeideas.blogspot.mx/2010/11/cristobal-colon-el-desconocido-3era.html