"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

domingo, 7 de agosto de 2011

POLÉMICAS Y PROHIBICIONES: Por el Dr. Aníbal D'Ángelo Rodríguez.

Hace ya tiempo, “Clarín” publicó, a toda página, un título según el cual habría una “polémica en Buenos Aires por la venta de «Mi Lucha», el libro de Hitler”.

Como pasa —ay— tan seguido con los diarios y sus titulares, la lectura de lo escrito bajo el título bajaba mucho los decibeles del asunto. La “polémica” quedaba reducida a la opinión, vertida a pedido del diario, de don Marcos Aguinis y don Osvaldo Bayer, escritores ambos de mucha fama en nuestro teatrillo de las letras.

El primero no está muy seguro, y tras afirmar que “el nazismo no es sólo una ideología política, sino una organización genocida”, se pregunta si “es correcto volver a estimular la discriminación, la tortura, el abuso, los genocidios”, pero reconoce que “se debe respetar la libertad de expresión” y en una vuelta de tuerca más se pregunta si “es saludable permanecer indiferentes ante un arma de destrucción masiva y su bandera”. O sea que don Marcos no sabe qué hacer. Distinto es el caso de Bayer, que se decanta por la libertad y se opone claramente a la prohibición.

Como se verá, como polémica es más bien modesta. Pero lo interesante vino a continuación. En días siguientes, algunos lectores, en cartas al diario, participaron en tan escueta discusión. Había de todo, pero predominaba la opinión contraria a la prohibición. Ninguno, claro, por defender el libro, sino todos por privilegiar —como Bayer— la libertad. Una sensata señora planteaba que el problema es que si se prohiben libros, hay que determinar quién tiene la facultad de hacerlo. En tiempos de la cristiandad, la Iglesia Católica tenía esa potestad, pero ahora ni los cristianos la acatarían (ni acatan el más tibio consejo, como se vio con el caso Dan Brown).

La pregunta de la Señora (“¿quién prohibe?”) es sensata pero anticuada, como se vio en el mismo diario, al día siguiente, cuando el Presidente de la DAIA se pronunció, con aire dogmático, por la inmediata prohibición del libro, “como ya existe en numerosos países de Europa”. De modo que de todo esto sólo cabe una conclusión. No se pueden prohibir libros, pero si se prohiben, entonces el brazo dogmático y definidor son los judíos.

Esta conclusión se ve abonada por dos cosas que no pueden dejar de anotarse. Libros que incitan al crimen, y no a crímenes en abstracto sino realizados, hay muchos. Uno podría empezar por innumerables textos del marxismo-leninismo (por ejemplo, las memorias del Dr. Guevara) hasta llegar a las defensas del aborto. Pero los “prohibibles” son —por lo visto— solo aquellos que incitan a liquidar judíos (supuesto que “Mein Kampf” dijera tal cosa, que no lo dice). Como tantas veces se ha dicho, en el mundo del siglo XX hay muertos de primera y muertos de segunda. Campesinos ucranianos, chinos o albaneses son material descartable. Y que se los haya matado en nombre del “hombre nuevo” proporciona una razón más para que sus muertes no pesen en la memoria de la humanidad.

La segunda cosa es un hecho del que me informa un volante que me remite ARP desde España. En él se relata que la policía irrumpió en la Librería Europa, de Barcelona, Cataluña (antes, España) y se llevó “alrededor de seis mil libros, ocho grandes cajas de documentación, cientos de carpetas y miles de fotos y diapositivas” confiscando de paso seis computadoras con decenas de libros en proceso de edición y trece mil catálogos. De paso, se llevaron fotografías colgadas en las paredes, banderines de diversas regiones de Europa, todos los discos duros y las copias de seguridad, libretas personales de ahorro, documentos y contratos personales o empresariales, vaciando los archivadores metálicos sin apenas comprobar su contenido. Entre los libros, secuestraron ejemplares de Degrelle, Bochaca, Rassinier y hasta del psicólogo inglés Eysenck.

Permítanme repetir algo que he escrito muchas veces como “aviso a los navegantes”. El paradigma cultural del mundo moderno era, hasta 1945, una frase de Voltaire: “No creo en lo que dices, pero daría mi vida por asegurar tu libertad de decirlo”. Desde 1945, el nuevo paradigma es: “No creo en lo que dices y como intentes publicarlo te voy a perseguir hasta hacerte la vida imposible”.

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