"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

miércoles, 6 de junio de 2012

POESÍA QUE PROMETE: Balada de las dudas del lego...

 
Era ya tarde y estaban las nubes
Perfiladas de rayo de sol,
cuando iba el buen lego, con su cantarillo,
por la veredica, bendiciendo a Dios.

El misterio grave de la hora dorada,
lleno de agrio aroma de prados en flor,
se le entró en el alma, llenándola toda,
con su turbación.

Se sintió pequeño, como aquel polvillo
donde iba posando sus plantas... Y pensó:
¿qué haré yo, granito de polvo en el mundo,
por ser grato a los ojos de Dios?

Fray Andrés disciplina su cuerpo
sin tenerle piedad. Fray Zenón
atruena el convento cantando Maitines
con hermosa voz.

Fray Tomás se pasa las horas inmóvil,
levantado en arrobos de amor,
y no advierte las tres campanadas,
con que la campana llama a colación...

Al lado de aquellos excelsos varones,
¿qué hará el buen leguito por ser grato a Dios?
Y con santa envidia murmuran sus labios:
¡Fray Andrés! ¡Fray Tomás! ¡Fray Zenón!

Y sus ojos buscando respuesta
por aquellas dudas de su corazón,
se hunden en la tarde que muere, sangrando
los últimos rayos bermejos de sol.

Todo es paz y orden... Unos tordos vuelan
con pausados giros. Camina un pastor.

Gime una carreta. Corre un arroyuelo. ¡Todo deletrea como una oración!
¡La oración de las cosas sencillas que obedecen humildes a Dios!
Y el buen lego descifra en su alma la revelación
del arroyo, los prados, las flores,
las nubes, las hojas, las aves y el sol... ¡Todo cumple su fin mansamente! ¡Todo sigue su mandato de amor!
¡El llano lo mismo que el pino empinado que no está por eso más cerca de Dios!
Y el buen frailecito siente que el alma
se le ha entrado un rayo, muy claro, de sol.
De pronto recuerda que es tarde y ya es hora de limpiar los platos de la colación.
Y apretando el paso, con simple alegría, corre que te corre... ¿Qué más oración que el ir mansamente por la veredica, con el cantarillo, bendiciendo a Dios?
 
Por José María Pemán

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