"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

martes, 2 de abril de 2013

APUNTES EN EL CUADERNO DE BITÁCORA: Tener el corazón bien puesto...

“Tener el corazón bien puesto”

Cuando uno lee la siguiente expresión del gran Chesterton, sacada de su contexto, no puede menos que quedarse pasmado: “El mundo moderno no es malo; en cierto modo el mundo moderno es demasiado bueno”. Cualquiera podría fustigar al bueno de Gilbert y luego terminaría dándole la razón. Pero no a su frase que parece loca, sino a su razonamiento enteramente cuerdo. Es una de esas frases que dependen absolutamente del contexto y tienen sentido sólo dentro del mismo. Lo cual, curiosamente, no quita que Chesterton sea la clase de escritor que, luego de un trabajado y esmerado razonamiento, brinde al lector una frase rebosante de sentido común, de esas que todos podemos citar con gozo.

Vamos a seguir el razonamiento de Chesterton que continúa su frase: “Está lleno [el mundo moderno] de feroces y malgastadas virtudes. Cuando se perjudica una empresa religiosa (como se perjudicó el Cristianismo con la Reforma) no es solamente a causa de los vicios desencadenados. Los vicios, por cierto se desencadenan y se extienden y causan perjuicios. Pero las virtudes también andan desencadenadas; y las virtudes se extienden más desenfrenadas y causan perjuicios más terribles. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se volvieron locas. Enloquecieron las virtudes porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias” (“Ortodoxia”).

Lo que dice Chesterton es claro: esas virtudes desencadenadas –es decir, desequilibradas, vuelto locas- causan más perjuicios que los vicios en sí. Y esto pasa hoy más que entonces y por eso el mundo moderno no es malo (no sólo malo) sino que es peor: es loco; porque alguien malo puede llegar a convertirse, pero alguien loco ¿cómo recobrará la cordura? Es como la sal que ha perdido el sabor ¿cómo volverá a salar?

Las virtudes desencadenadas son peores porque llevan la apariencia del bien que significan. De manera orgullosa, como el diablo, han dicho: “no queremos servir a Dios, somos nosotras solas quienes nos valemos por nosotras mismas”. Una virtud ilimitada es una parodia de virtud, es la rebeldía bajo apariencia de bien, es un bien inútil. “De ahí –sigue Chesterton- que algunos cuentistas se preocupan por la verdad; y su verdad es despiadada, y de ahí que algunos humanistas se preocupan sólo de la piedad y su piedad, (lamento decirlo) frecuentemente es falseada. Por ejemplo: el señor Blatchford ataca al cristianismo porque está loco por una virtud cristiana; la puramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que facilitará el perdón de los pecados, diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford es no solamente uno de los primeros cristianos; es el único de los primeros cristianos que realmente mereció ser comido por los leones. Porque en su caso, la acusación pagana es verdadera: su misericordia significa anarquía”.

De igual modo hoy nos envuelve una multimediática ola de humildad pacientemente retratada y expuesta acerca del nuevo Sumo Pontífice, una virtud que se apacienta a sí misma, desencadenada de la doctrina cristiana; hoy se difunde la hermosa idea de que Dios perdona siempre al que se arrepiente, pero hoy ya no hay nada que perdonar (excepto creer en la democracia o caer en el “antisemitismo”). Este hombre de hoy, carente de dogmas que no sean inventos de sí mismo, “por ser tan humano”, dice Chesterton, “es enemigo de la raza humana”. El cristiano mundano afirma tanto su interioridad religiosa que dice: “no creo en la Iglesia”. El cristiano fariseo afirma tanto la virtud de la religiosidad que afirma con orgullo: soy mejor que aquellos. Otros afirman tanto la verdad que descuidan la caridad, y su verdad –como dice Chesterton- se vuelve despiadada. Otros afirman tanto la caridad y el diálogo y el tender puentes que se olvidan del valor de la verdad y menosprecian la fe. Y así por todas partes, en la Iglesia conciliar, en la Fraternidad San Pío X, en el sedevacantismo, en la línea-media o tres cuartos, se exageran virtudes hasta romper las cadenas de la prudencia y el sentido común. El pensamiento se desencadena del dogma, o se encadena al propio círculo cerrado del egoísmo. Todo envuelto en alguna generosa virtud que se esgrime para ello.

Cuando Chesterton trae al recuerdo la frase “tener el corazón bien puesto”, intenta describir una idea de proporción normal que además cumple correctamente con sus funciones en relación con otras funciones. Un corazón, -como el de Bernard Shaw, nos dice Chesterton- puede ser generoso y heroicamente amplio, pero no estar bien puesto. Precisamente por esta desproporción de no dejarse contener en relación a un todo de acuerdo al cual cada órgano cumple su debida función. Algunos dejan crecer su corazón y estrechan sus mentes, otros empequeñecen su corazón e inflan su mente, en la cual desde luego intentan meter el mundo entero. Algunos quieren amar sin conocer, otros conocer sin amar. Estos últimos terminan desesperando. Recuerda un escritor argentino lo siguiente: “Lisandro de la Torre dijo a su médico que había tenido un dolor en el corazón. Tras un rápido examen, el médico le dijo que el corazón no estaba ahí y, para que no hubiera dudas, le dibujó el corazón en el pecho. Ya en su casa, en el centro del dibujo, disparó Lisandro de la Torre la bala que lo mató” (Bioy Casares, “De jardines ajenos”).

Hay algunos que buscan ubicar el corazón ajeno no para salvarlo, sino para matarlo, por celo amargo. Otros creen que hablarle al corazón basta para iluminar la mente. Las fuerzas destructoras de las virtudes cristianas actúan hoy sobre el sentimiento, sobre el corazón de los hombres que lo tienen dispendioso, pero no bien puesto. “Estamos en camino de producir –dice Chesterton- una raza de hombres mentalmente demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar. Nos hallamos en peligro de ver filósofos que duden de la ley de gravedad, por considerarla un simple producto de sus imaginaciones”. Esta “impotencia intelectual” ha sumido a los hombres de hoy en una debilidad apabullante, que hace que deban defenderse mediante la fuerza de los sentimientos sinceros pero desbocados, desencajados. Es como un tren que se sale de sus rieles, no sólo se desencamina sino que estropea lo que encuentra a su paso y a sí mismo. Tal vez dos hechos hoy día establecidos puedan referirse para identificar esta locura que se acepta sin defensas y en algunos hasta con aplausos: las “familias” con dos padres o dos madres, y el Vaticano con “dos Papas”. La tolerancia del hombre moderno es una virtud que se volvió loca, una virtud que decidió dejar de lado la razón, primero porque el corazón dejó de estar bien puesto, y luego porque ocurrió lo mismo con la cabeza.

[...]

“Humildad”

Toda esta movida de querer hacer “una Iglesia pobre para los pobres”, que ha lanzado el cardenal Bergoglio ahora devenido papa Francisco y que continúan los medios de difusión mundiales, no es otra cosa que la obsesión de abajar la Iglesia para elevar al hombre. Es dejar de contemplar desde abajo la Iglesia para mirarla desde la misma altura, y si es posible desde más arriba, tal vez porque de otro modo podría hacer temblar a quien no es de verdad humilde. Muy atinadas palabras se aplican al caso de parte de –otra vez- el genial Chesterton, cuando en su indispensable “Ortodoxia” describe y distingue la verdadera de la falsa humildad. Dice de manera paradójica que “resulta evidente que si el hombre quiere hacer amplio a su mundo, él debe estar siempre haciéndose pequeño. Aún las ciudades más encumbradas y los pináculos inclinados por su propia altura, son creaciones de la humildad. Los gigantes que derriban montes como si fueran pasto, son creaciones de la humildad. Las torres que se pierden en lo alto por encima de la estrella más solitaria en su lejanía, son creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas sino cuando las miramos desde abajo; y los gigantes no son gigantes sino más grandes que nosotros. Toda esa imaginación de lo gigantesco, que es quizá el más vigoroso de los placeres del hombre, en el fondo es enteramente humilde. Sin humildad es imposible gozar de nada; ni aun de la soberbia”.

La Iglesia se horizontaliza porque ya no hay gigantes, y el que se humilla no se hace tierra porque crea que lo hace ante un cielo. El que ahora se humilla lo hace no por ser criatura ante Dios, sino hombre entre los hombres.

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