"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

martes, 1 de noviembre de 2011

CUANDO LA NACIÓN PIERDE SU MEMORIA: Apuntes en el Cuaderno de Bitácora.

“Recordar es un deber, olvidar es una culpa” (Jordán B. Genta)

“Pon en todas tus horas un enlace místico, y en la que llega vierte todo el contenido de la hora anterior, tal como el vino añejo del ánfora pequeña se trasiega en otra más capaz y se junta con el de las nuevas vendimias…” (Valle Inclán)

La vida del hombre transcurre en una diversidad de actos, de momentos, de situaciones cambiantes al extremo, en una pluralidad variable y dispersa de acciones y de pasiones. Y sin embargo esa diversidad, esa dispersión en el tiempo, no borra la conciencia de su permanencia, de su identidad, de su estabilidad como yo, como persona.

Es la memoria, hábito de la mente que opera ligado y subordinado a la imaginación, la que hace posible esta conciencia de la permanencia del sujeto que vive en el tiempo. Por ella el pasado se conserva como tal y se encuentra siempre “en disposición de ser evocado y reconocido en la conciencia presente”.(1)

La memoria está esencialmente referida al tiempo; su objeto propio es algo pasado, algo referido a una situación singular y determinada, conservación y evocación de la experiencia. Pero en tanto en el animal la memoria sólo se ejercita en la línea de la sensación y del impulso y queda como clausurada en la inmediatez del comportamiento y en el mecanismo automático de su ejercicio, en el hombre la memoria es memoria reflexiva, es sensación y conocimiento de esa sensación; por eso el hombre es capaz de dar al tiempo su carácter de duración “y lo rescata del instante fugacísimo en la continuidad de la conciencia que recuerda y que espera”.(2)

Por esto dice Aristóteles que “…de todos los animales conocidos, la rememoración sólo la tiene el hombre, siendo la causa de ese privilegio que la rememoración es una especie de razonamiento”.(3)

Esta capacidad de la memoria de asegurar la permanencia del yo a través de la continuidad del tiempo, de concientizar la unidad íntima de la persona a través de la dispersión de sus experiencias, ha inspirado a San Agustín —maestro insuperable del alma humana— una de sus páginas más admirables.

“Continuando, pues, en servirme de las potencias de mi alma como de una escala de diversos grados para subir por ellos hasta mi Creador, y pasando más arriba de lo sensitivo vengo a dar en el anchuroso campo y espaciosa jurisdicción de mi memoria, donde se guarda el tesoro de innumerables imágenes de todos los objetos que de cualquier modo sean sensibles, los cuales han pasado al depósito de la memoria por la aduana de los sentidos…". "Cuando mi alma se ha de servir de esta potencia, pide que se le presenten todas las imágenes que quiere considerar”.(4)

“Grande y excelente potencia es la memoria. Su multiplicidad, Dios mío, tan profunda como inmensa, tiene un no sé qué que espanta; todo esto que es mi memoria lo es mi alma y lo soy también yo mismo. Y ¿qué soy yo, Dios mío?, ¿qué ser y naturaleza es la que tengo? Una naturaleza que se compone de varias y que vive con varios modos de vida, y que de varios modos es inmensa…".

“Por todos estos campos, cavernas y senos de mi memoria, corro y vuelo de una parte a otra, me insinúo y profundizo cuanto puedo... tan inmenso como esto es la fuerza y virtud de la memoria; y tan grande es la vivacidad humana, no obstante ser la vida del hombre mortal y perecedera”.(5)

Este movimiento de la memoria hace que el alma se reconozca a sí misma en cada instante, en su unidad profunda. Es esa unión de las horas que las conecta unas con otras, que las rescata del tiempo y del olvido, esa especie de muerte inexorable y temible.

La memoria es la conciencia reflexiva de que el hombre es uno; que este mi y este mío están referidos a un yo que permanece a través de las mudanzas. La memoria es como la condición de la permanencia, sin ella la vida del hombre no sería más que un cúmulo de fragmentos, de horas, que se sucederían desconexos y fugaces en una especie de vértigo caótico. Por la memoria, el alma se reconoce a sí misma, se evoca a sí misma y rescata al tiempo.

La memoria histórica de las naciones, se análoga con esta facultad maravillosa de la memoria del hombre. La memoria de una Nación, une y enlaza a vivos y muertos a través de un tiempo rescatado de su temporalidad, y hecho evocación, tradición y recuerdo. Esa memoria nacional —como ocurre análogamente en el hombre, individualmente considerado— es la condición de la unidad y la identidad a través de las generaciones reunidas en la permanencia de un Ser Histórico que no cambia. Así como la memoria no es mero recuerdo, simple evocación, sino conciencia de identidad, conciencia del yo mismo e idéntico a sí mismo, que sobrevive, así también la memoria de las naciones no es sólo evocación y recuerdo, sino conciencia histórica de lo permanente, de lo que dura a pesar del tiempo y de los cambios. La solidaridad de las naciones, la unidad sustantiva de una nación están dadas por esta memoria reflexiva, consciente, íntima, que une y que religa, que pone ese “enlace místico” de todas las horas.

El drama de los mejicanos es la pérdida de la memoria histórica, la ruptura del enlace del tiempo, la incapacidad de hacer consciente que somos una unidad e identidad nacionales.

El liberalismo nos borró la memoria y obnubiló la conciencia de nuestra identidad. En lugar de la memoria reflexiva, nos abrumó con “memoraciones” vacías y huecas de un pasado falsificado para mayores males. Porque el haber adulterado la historia es algo así como habernos anulado la capacidad de conocernos y reconocernos a nosotros mismos, extrañándonos y perdiéndonos en una constelación de mitos poblada de “prohombres”, de “próceres”, de réprobos y de elegidos…

Así desarraigados, fuera de nuestra memoria común, hemos crecido no como una nación de generaciones solidarias, sino como un conglomerado sin raíz ni en la tierra ni en el tiempo.

Pero la memoria de la Nación no pudo ser destruida. Yace debajo del letargo profundo a la espera de su despertar. Nuestra política no quiere ser otra cosa que la recuperación impostergable de esa memoria. Al colocar nuestra hora presente en la línea de unión de las horas pasadas —las horas gloriosas, fundacionales— vendremos a dar en la conciencia de nuestra unidad y de la unidad de nuestro destino. Al recobrar la memoria como nación recobraremos la voluntad de ser en la dirección que nos señala nuestra identidad.

El Nacionalismo Mejicano —frente al liberalismo que es la memoria perdida y al marxismo que es la destrucción de la conciencia personal e histórica— quiere ser la memoria viva, la conciencia acuciante del ser, la trasiega del vino añejo —como en la parábola de Inclán— en las ánforas donde esplende la promesa de las vides nuevas.

Notas:

(1) Jordán Bruno Genta: “Curso de Psicología”, cuarta edición, Buenos Aires, 1969, pág. 122.

(2) Ibidem, pág. 122.

(3) Aristóteles: “Tratado de la memoria y de la reminiscencia”, cap. II.

(4) San Agustín: “Confesiones”, Libro X, cap. VIII, 12.

(5) Ibidem, Libro X, cap. XVII, 26.

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