"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

martes, 1 de noviembre de 2011

EL FEMINISMO COMO IDEOLOGÍA: Por Pío Moa.

La fuerza de las ideologías: “Las ideologías parten de (y crean) una radical insatisfacción con la historia y el estado actual de la Humanidad, a los que caracterizan como “alienados” o similares; y conducen a planes de reeducación universal. En la medida en que esos planes tienen éxito, someten a la vida humana a una especie de encarcelamiento moral y político. Y en la medida en que su éxito prueba su fracaso -ya que nunca alcanzan sus objetivos- se quedan en invocaciones rituales de un provenir feliz que justificaría el absoluto poder actual de los detentadores de la verdad “desalienante"; y en condena obsesiva del pasado, cuya supuesta maldad sin reservas haría parecer tolerable la desdicha del presente… (p. 17)

Si alguien predicase que andar erguido sobre los pies constituye una imposición cultural perfectamente abolible, y encontrase en ella la causa de los frecuentes dolores de espalda y desviaciones de columna vertebral, y propusiera que para salir de tales miserias lo ideal -y natural- sería andar a cuatro patas, chocaría de entrada con la irrisión, aunque quizá no generalizada. Si, además, dramatizara los daños de la columna vertebral, abundando en los casos más espeluznantes, e insistiera en que la costumbre de andar erguido nace del interés de inmemoriales opresores, y arguyese que derrotando a los defensores de tal imposición cultural se adelantaría un largo trecho no sólo en la supresión de los dolores de espalda sino en la emancipación humana, ya tendría el predicador esperanza de hallar simpatías. Y si, encima, identificase el interés de andar a cuatro patas con algún amplio sector social, no sería raro que juntase adeptos. Sabiendo explotar el ansia de la prensa por la novedad, colocando a tales ideas el marchamo de progresistas, y tildando a las opuestas de reaccionarias, el ideólogo se haría con una audiencia quizá no despreciable.

Las posibilidades de teorización histórica y de especulación futurista a partir de la tesis dicha son inagotables. Se encontrarían mil ejemplos demostrativos de cómo andar a dos pies va ligado a la alienación, al idealismo hipócrita de los opresores -bajo el que sólo yace la sórdida realidad del dominio y la explotación-, reñido con las necesidades y tendencias más naturales de los humanos, expresadas, por ejemplo, en la niñez, cuando apenas rigen los moldes culturales. Se descubrirían sociedades de un pasado remoto en el que la gente sería feliz andando a cuatro patas. Se elaborarían planes de reeducación para redimir al ser humano de una deformación secular, perennizada por el prejuicio y acaso por castas sacerdotales.

Una caricatura, ciertamente -aunque hoy en día cabe esperar hasta cosas como ésta-. (pp. 15-16)

Un ejemplo menos caricaturesco es, por lo que hace al tema de este ensayo, el del matriarcado. No existen indicios reales de que tal institución se haya dado jamás. Pero la racionalización del matriarcado proporcionaba una supuesta solución a numerosos problemas históricos, aun cuando muchos vinieran creados, en círculo [vicioso], por la misma solución, y aun cuando se partía de la falacia de que el patriarcado tenía que manifestarse absolutamente, con lo que los hechos que lo relativizaban se tomaban por pruebas de una situación matriarcal previa. La interpretación de la historia por esa vía era simple, casi perfecta, y proporcionaba a los feministas un apoyo histórico-social satisfactorio. La religión, pongamos por caso (y cuanto ella condensa como sensación de misterio), quedaba erradicada, era sólo un reflejo [más] de la dominación del hombre sobre la mujer… (p. 18)

La ideología seguramente más lograda y elaborada es el marxismo. Éste, aunque como cuerpo de doctrina se halle hoy en declive, ha dado sustancia y fecundado a casi todas las restantes ideologías, entre ellas la que vamos a tratar, el feminismo… Por esta razón se harán también en este estudio paralelismos entre los dos movimientos. (p. 19)

La propaganda feminista: La suposición básica del feminismo reside en que las diferencias entre los sexos se ciñen a lo genital, sin más consecuencia social o cultural necesaria. De ahí que la diferenciación de los sexos en papeles, actitudes y talantes sea vista como una imposición arbitraria, cuyo objeto sería afianzar la opresión del varón sobre la mujer.

Entre los elementos de la propaganda feminista se encuentran:

- Una incitación tenaz a la incorporación e igualamiento de la mujer con el hombre en todos los planos profesionales, políticos, deportivos… Incitación que se expone como progresista y emancipadora.

- Desvalorización simétrica de las funciones típica y tradicionalmente femeninas, en especial la maternidad, la crianza de los niños y la atención a la casa. Papeles que aparecen como signo neutro en el mejor de los casos, y explícita o implícitamente negativo en la mayoría: “Mujer, tu hogar es tu prisión". Se trata de una tara a superar mediante la “socialización” según unos, o adjudicando al varón los mismos papeles que a la mujer en la casa, la crianza… según otros. Lo contrario sería “injusto".

- Consideración de la sexualidad como una diversión individual, sólo muy secundariamente ligada a la procreación o establecimiento de vínculos personales estables (lo último no suele defenderse, pero es consecuencia de lo primero).

Estos tres aspectos van muy trabados entre sí, aunque el acento recaiga en éste o aquél, según las tendencias: el tercero ha sido llevado al extremo por ciertos ácrato-feministas, mientras que los socialismos reales han probado a conciliar el igualitarismo con la institucionalización del matrimonio y la familia. Conciliación frustrada, desde luego.

La propaganda feminista posee un alto voltaje emotivo y un arsenal de descalificaciones inmediatas contra las ideas o tendencias discrepantes, tachadas de “reaccionarias", “machistas", “sexistas", opuestas a la “mujer", cuando no fascistas, oscurantistas… (pp. 20-21)

No se exagera al decir que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial sobre todo, en muchos países los programas de reeducación en sentido feminista han sido intensivos y en general dominantes. Y el proceso se ha vuelto cada vez más institucionalizado y excluyente. En ello viene a resumirse el triunfo espectacular del feminismo. (p. 25)

La degradación de la relación hombre-mujer: Un fruto característico de estos decenios de reeducación feminista ha sido una variedad de fenómenos sociales resumibles en la pérdida del respeto del hombre hacia la mujer. Ello constituye uno de los temas cruciales, si no el crucial, del informe Hite: 

‘El trato indiferente que el hombre da a la mujer en las relaciones entre solteros parece que se está volviendo cada vez más hostil y antagónico. La bárbara descortesía de muchos hombres… parece que representa un inmenso incremento sobre los últimos años. En ocasiones la grosería constituye una flagrante exhibición de poder y desprecio masculinos… En el mundo de las relaciones fluctuantes, sin compromiso, son comportamientos-tipo el que el hombre se vaya inmediatamente después de copular, que no llame o que lo haga cuando le de la gana’ (Hite:1988[1]:322)

‘Las relaciones de muchas mujeres son desgraciadas, incluso degradantes (aun cuando ninguna quiera confesarlo), y muchos hombres tratan a la mujer con condescendencia, de una manera tan informal que en cualquier momento podrían dejar a una mujer y declararse a otra’ (Hite:1988:331). (p. 30)

No sólo hay desigualdad, sino asimetría entre los sexos. Un hombre puede tener gran cantidad de hijos, y una mujer sólo un corto número de ellos. En contraste, la intensidad del sentimiento paternal y el maternal no admite comparación (aunque ciertas feministas se empeñen en negarlo). Resulta incluso defendible que el sentimiento maternal enraíza directamente en la biología, mientras que el paternal se queda en cultural. Por eso, cuanto ayude a destruir los valores que vinculan al padre con sus hijos sólo puede pagarlo crudamente la mujer, y sobre todo los niños; así como, aunque indirectamente, el propio varón. Pero el sentimiento paternal y sus derivaciones legales ha sido atacado por los feministas, en especial los marxo-feministas, como causa clave de la opresión de la mujer.

El socavamiento de la relación de pareja, acompañado de prédicas moralistas en contra, se manifiesta a la perfección en el problema del aborto, acaso el más machacón caballo de batalla internacional del feminismo en los años recientes. La doctrina al respecto se concentra en el lema “nosotras parimos, nosotras decidimos", el cual condensa a su vez la filosofía de las legislaciones abortistas adoptadas en muchas naciones. Ello equivale a una invitación, punto menos que irresistible, a la irresponsabilidad paterna. Y siendo el sentimiento [biólógico] paterno más débil que el materno, el efecto no podía ser otro que el conocido: un cada vez mayor desentendimiento del varón respecto a la prole y a la relación estable, percibidas como una simple carga.

Sorprende entonces que los mismos feministas se embarquen en campañas de persuasión y hasta persecución legal del padre para que peche con sus “responsabilidades” (económicas, porque otras se vuelve arduo). Pero el padre irresponsable y feministizado replicará: ‘¿No es la mujer quien decide? Que cargue con las cosecuencias y no me arrastre a mí, que no deseaba más que un rato de diversión. ¿Voy a tener que pagar la vida entera por un impulso momentáneo? No dramaticemos el sexo. Si ella quiso tener el niño, o se descuidó, que no me complique. Que el Estado la ayude’.

Pocos hombres hablarían con tan franca brutalidad, pero muchos comportamientos siguen la lógica de esta respuesta, inducida por el feminismo, y se manifiestan en el aumento de madres solteras y madres adolescentes; o en el descenso anormal de hijos [y en el aumento desorbitado de abortos], piadosamente embellecido[s] como ‘calidad de vida’ por determinados ideólogos. (pp. 31-33)

A los feministas no se les pasa por la cabeza que su ideología tenga que ver con este fenómeno. O con el similar de la vulgaridad en la conducta femenina, también en alza enorme en las últimas décadas, entendiendo por vulgaridad una mezcla de exhibicionismo sexual e imitación de los modelos, modo de hablar y de sentir de los hombres -y en particular de los hombres más brutales-. Pero no sólo tales tendencias se muestran acentuadamente en el ámbito anglosajón, donde más martilleante ha sido la propaganda feminista, sino entre la juventud de otros muchos países, la cual ha sido sometida a una tenaz “educación” y reeducación sexual desde la escuela. (p. 30)

Un rasgo esencial, como he dicho, del feminismo, es el desprecio y el odio a las labores del hogar y la educación de los hijos. Esa presión ha empujado a muchas amas de casa a adoptar aires “emancipados", a fumar y beber, a emplear un lenguaje soez incluso con sus hijos pequeños, a ceder su papel educativo, ya medio esfumado, a la televísión… Han aumentado también la depresión y el autodesprecio, la sensación de inutilidad, el alcoholismo… pese a la evidencia de que su desvalorizado trabajo no es menos, sino más fundamental que el profesional, realizado antes por hombres y ahora por unos y otras. (p. 44)

… la mujer afronta el trabajo profesional y al mismo tiempo lleva a trancas y barrancas el hogar y los hijos, pues, a pesar de todas las prédicas y presiones, el hombre tiene menos interés u otras actitudes [menos comprometidas] al respecto. Pese a la omnipresente propaganda sobre la “emancipación” y la “liberación” de la mujer, ésta sufre a menudo la sensación de no hacer bien nada, y un enorme estrés manifiesto en el número creciente de mujeres que renuncian a tener hijos o a tener más de uno, en trastornos depresivos y de la conducta, en los hogares sin contenido y en los ‘huérfanos con padres’, las separaciones y divorcios, con las consecuencias evidentes para todos, y en especial para los hijos… (p. 48)

La sociedad homosexual: Una crítica tradicional al feminismo culpaba a éste, en definitiva, de masculinizar a la mujer; y una respuesta no menos tradicional negaba que hubiera conductas y valores ligados al sexo. Pero la [inmensa] experiencia en contra ya no se puede ignorar, y ha forzado al feminismo a brincar de un extremo a otro: ahora encuentra la salida en que el varón se feminice (a cambio de lo cual se le promete indecible bienestar). (p. 34)

El objetivo del feminismo es la igualdad, y por tanto la exclusión de la complementariedad entre los sexos. Ausente la complementariedad esencial, el único aspecto de interés mutuo serán las relaciones sexuales físicas. Empero, dichas relaciones no tienen por qué ser heterosexuales. Siguiendo la vía por la que encauzan el asunto las ideologías, el sexo se limita a una necesidad fisiológica, satisfactible de diversas maneras igualmente válidas. Como lamenta Germaine Greer (con aversión no justificada en sus propios principios), la cuestión consistiría en ‘descargar la energía sexual de manera regular, como un lavado de estómago’. O, como instruía el buen Wilhelm Reich a la juventud avanzada, viene a ser algo parecido a rascarse.

Porfía el mensaje feminista en que la homosexualidad y la heterosexualidad son perfecta e igualmente válidas. Pero la lógica debiera inclinarle a preferir resueltamente la homosexualidad, cuando menos en tanto no se alcance la igualdad real de los sexos (que parece ir para largo). Otro problema consiste en que la homosexualidad reproduce a menudo, en remedo, la división de papeles; pero eso se superaría, sin duda, con mayor rapidez que la desigualdad heterosexual.(pp. 35-36)

Así, la dinámica del feminismo conduce a una sociedad homosexual. Y no sólo como ‘cultura’ preferible mientras no llegue la igualdad de los sexos, sino siempre, porque tal igualdad cuenta con escasísimas posibilidades de pasar de la imaginación. Y ese remedio tiene marca común con la dictadura proletaria o con la promesa de andar a cuatro patas para superar las molestias del espinazo. (p. 39)

En mi opinión, el feminismo y los fenómenos relacionados con él constituyen una verdadera plaga cuyos efectos sólo empezamos a entrever.” (p. 48)

cfr. Pío Moa: “La sociedad homosexual y otros ensayos", Madrid: Criterio Libros, 2001, pp. 15-48.

[1] cfr. Shere Hite: “Mujeres y amor. Nuevo informe Hite", Barcelona: Plaza Janés, 1988, ISBN: 84-01230-01-2.

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