"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

lunes, 16 de abril de 2012

UN SERMÓN DE VIERNES SANTO: Por Juan Manuel de Prada.

Al obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Pla, le han montado un aquelarre por unas palabras pronunciadas en un sermón de Viernes Santo. ¿Y qué enormidades profirió el obispo Reig Pla en aquel sermón? Pues comenzó Reig Pla glosando la «malicia del pecado», que se nos presenta con la apariencia engañosa de bien, para destruirnos; y prosiguió apuntando que «más grande que el pecado es la gracia regeneradora» de Dios, que nunca permanece ajeno a esa destrucción y ofrece el sacrificio de su Hijo para sanarla. Reig Pla aportó muy diversos ejemplos de la «malicia del pecado» que, presentándose bajo la apariencia de bien, nos destruye: el hombre casado que comete adulterio; la mujer embarazada que aborta; el empresario que defrauda el salario a sus trabajadores; el sacerdote que lleva una doble vida, etcétera.
 
Más adelante, Reig Pla se refirió a quienes, ofuscados por una propaganda sexual confundidora, piensan desde niños que sienten atracción por personas de su mismo sexo; y, para probar esa atracción, «se corrompen y se prostituyen», hallando «el infierno». Aquí Reig Pla empleó la palabra «infierno» en sentido figurado, como destrucción en vida, como se desprende diáfanamente de su sermón, que justo entonces se refería a la grandeza del amor divino, que acoge y sana misericordiosamente el sufrimiento infligido por el pecado. Tales palabras provocaron una reacción furibunda de diversas asociaciones de homosexuales, enseguida secundada por los habituales pescadores y corsarios en río revuelto. ¿Y cuál fue la causa de tal reacción? Al parecer, que Reig Pla habría faltado a la dignidad de los homosexuales; pero si aceptamos tal dislate, también habremos de aceptar que faltó a la dignidad de los matrimonios (por denunciar el pecado de adulterio), de las mujeres (por denunciar el pecado de aborto), de los empresarios (por denunciar el pecado de defraudación del salario), de los sacerdotes (por denunciar el pecado de fariseísmo), etcétera. Vamos, que Reig Pla habría faltado a la dignidad de todo bicho viviente. Pero si los sacerdotes que no llevan doble vida, o los empresarios que no defraudan a sus trabajadores, o las mujeres que no abortan, o los cónyuges que no son adúlteros se sintieran aludidos por el sermón de Reig Pla pensaríamos que se han vuelto majaras. ¿Por qué no pensamos lo mismo de los homosexuales que se han revuelto furiosos? Pues si no se han prostituido, ni han prostituido a otros mediante propagandas engañosas, tales palabras no les aluden; y sentirse aludido por aquello que no nos alude es locura.
 
 Quizá lo más estremecedor del aquelarre que le han montado a Reig Pla nuevo Ecce Homo en el pretorio— es que su sermón rezuma piedad evangélica por los cuatro costados: señala la malicia del pecado, sin condenar al pecador; y nos recuerda que allá donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia de Dios, dispuesto a lavarlo en su propia sangre. Y esto es lo que en verdad escandaliza del sermón de Reig Pla: que afirme la realidad objetiva del pecado; y la realidad de un Dios dispuesto a perdonar siempre al pecador arrepentido. Pues para negar a ese Dios que perdona hay que negar primero el pecado, que —por emplear el mismo epíteto que una cabecita hueca ex-ministerial usase para calificar el sermón de Reig Pla— es «preconstitucional»; tan preconstitucional como nuestra naturaleza caída. Y el obispo de Alcalá, en su sermón de Viernes Santo, anunció que en el Gólgota se promulgó una Constitución de misericordia, capaz de redimir nuestra naturaleza caída. El aquelarre que le han montado nos confirma que el escándalo de la Redención permanece tan vigente como hace dos mil años.


Juan Manuel De Prada, 14 de abril de 2012, publicado en ABC.

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