"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

miércoles, 14 de septiembre de 2011

LOS NIÑOS HÉROES: Por Oscar Méndez Cervantes.


Antes de ahora, más de una vez, hemos hablado del formidable dinamismo que vive en los símbolos. Si algo hay humano, llegamos a afirmar, ello será el símbolo. No es extraño que esa humanísima etapa histórica que fue la Edad Media –“enorme y delicada”, según sentencia memorable- haya vivido transida de simbolismo hasta la médula. He ahí el excelso por qué de la heráldica, que ahora sólo logra de las muchedumbres deshumanizadas una sonrisa de estulto desprecio. Ese gesto viene a ser, puntualmente, por paradoja, también un símbolo: pero de pobreza espiritual: HOMBRE SIN AMOR A LOS SÍMBOLOS, ES HOMBRE INFERIOR.

Nos son tan necesarios, llegan a ser amados de nosotros por tal manera, que cuando los símbolos se han incorporado a sí la subyugadora excelencia de los valores más altos, somos capaces de entregarles la vida. PREFERIMOS SALVAR LA ESENCIA QUE EN ELLOS VIVE, A LA PROPIA EXISTENCIA.

El arriesgar ésta, fue una exquisita flor espontánea de los tiempos caballerescos, en el empeño de mantener invicta la energía significativa de un blasón de un escudo de armas, en cuanto ello era equivalente a romper lanzas por lo que, en símbolo, cifra la virtud, la tradición de una estirpe. Y esa misma entrañable estimativa de los símbolos resuelve el enigma o locura que para el sin patria viene a ser el sacrificio del Héroe Niño de Chapultepec, en aras del culto a la bandera. Un rasgo tal, carece de sentido si se ignora el más noble sillar que estructura el edificio psicológico de un héroe: el amor a ese supremo valor que es la Patria, con todo el tesoro tradicional que en ella acumularon los antepasados para nosotros y para nuestros hijos.

Esa fuerza de los símbolos es pues, la que estremece, batalladora y poderosa, la figura y el episodio de los Niños héroes: 

“¡El carro de la muerte!...
¡Cómo sonaba en los caminos fríos
de la tarde, la concha de tortuga
del monstruo!

Sonido de materia triunfadora
sin el más leve toque de la Gracia
ni el más leve reflejo del Espíritu.

Sonido de dinero
en la desmesurada
escarcela sin fondo de algún cíclope…

……………………………………….

Frente al carro de la muerte,
un soldado –mexicano-
quieto, aguardándolo, está.
Dieciséis años tendría,
dieciséis años no más.

Es rubio como una espiga
a punto de madurar.
Tiene una sonrisa clara
y alegre como la paz.
Sano es como la amapola
y puro como un San Juan.

El carro es todo materia,
él es todo idealidad:
San Jorge frente al Dragón,
San Miguel frente a Satán.

El carro es todo poder,
él todo fragilidad:
el Niño frente a la Bestia
como en un cuento oriental”.

El Niño sucumbió entonces, 13 de septiembre de 1847, en holocausto perfecto. Pero su propio simbolismo y su bandera –“Religión, Unión, Independencia”- cobraron plenitud de vida. Su sangre lavó el honor de esta tierra, la fecundó, y transfundióse a las venas de los que de ella hemos nacido. A partir de Melgar, Escutia o Suárez, en México todo joven en el que vibra la autenticidad militante de la mocedad, a pesar de cuantos infortunios nos ha deparado la historia, lleva inscrita en su corazón, como mote heráldico, la excelsitud de esta fórmula: “LA JUVENTUD NO SE HA HECHO PARA EL PLACER, SINO PARA EL HEROÍSMO”.
.
Por eso, a la postre, México será salvo.

Tomado de Catolicidad.
http://catolicidad-catolicidad.blogspot.com/2009/09/13-de-septiembre-los-ninos-heroes.html

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