"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

sábado, 28 de julio de 2012

DON AGUSTÍN DE ITURBIDE. EL TRÁGICO DESTINO DEL LIBERTADOR DE MÉXICO: Por Alfonso Trueba Olivares (revisión, comentarios y actualización por el doctor Juan Bosco Abascal Carranza).

El Imperio Mejicano
HONOR A QUIEN HONOR. CUARTA ENTREGA. 

Yucatán y Guatemala Independientes. 

La entrada del ejército Trigarante en México y la disolución del gobierno virreinal provocó la rendición fortalezas de Acapulco y Perote (15 y 19 de octubre). No quedaba al imperio español más que la ciudad de Veracruz. En vista de las representaciones del consulado, que temía ser dañado en sus bienes por un ataque a la plaza, el gobernador Dávila trasladó al castillo de San Juan de Ulúa la artillería, municiones, almacenes, enfermos y dinero. El 26 de octubre, él mismo se pasó al castillo con la tropa que tenía autorizó al ayuntamiento para que tratase con los jefes independientes. El ayuntamiento se adhirió a la Independencia y Santa Anna ocupó la plaza, publicando una proclama que chorrea fatuidad y cursilería.

En la península de Yucatán se proclamó la Independencia y la unión al imperio mexicano el 15 de septiembre. Antes los campechanos habían tomado la misma resolución.

No eran sólo las provincias que habían formado la Nueva España las que se declaraban independientes, sino también las de la Capitanía General de Guatemala, que al mismo tiempo manifestaron su voluntad de unirse al imperio mexicano.

Chiapas, que era la más inmediata de todas, había seguido con interés el innovamiento de Iturbide, y alentada por su cabildo eclesiástico, la independencia se proclamo en Tuxtla el 5 septiembre. Hicieron lo mismo Comitán y otros pueblos del territorio de Guatemala, adhiriéndose a México. Recibidas en la capital las aptas de estos pronunciamientos, la regencia dio cuenta a la junta e informo que aquellos pueblos pedían ayuda armada para sostener su determinación, ayuda que el generalísimo había ya dispuesto, haciendo marchar a Guatemala una división de 5,000 hombres al mando del conde de la Cadena. La junta declaró incorporada al imperio la provincia de Chiapas, que desde entonces forma parte de México.

En una carta dirigida al ayuntamiento, de Ciudad Real (19 de octubre, 1821) el generalísimo declara:

"Los ejércitos imperiales, verdaderos protectores de la libertad de los pueblos, jamás turbarán la quietud (de Guatemala), ni harán un solo movimiento que pueda alterar la forma de su gobierno; mas si los guatemaltecos o algunas de sus provincias declararen al contrarío, que el centro de unidad ha de fijarse en México, adonde parece que los llama la naturaleza y el bien de la conservación política, entonces hallaran en mí la mejor acogida, y nada me será más satisfactorio que desplegar todo el poder que la nación ha puesto en mí manos para contener la violencia y redimir a los oprimidos”. 

Intuición genial. 

El Plan de Iguala había conmovido las provincias de Centro América. Una carta dirigida a Iturbide desde Guatemala en noviembre de 1821 por los partidarios de la independencia revela el influjo que tuvo el movimiento mexicano en las provincias del sur. La carta dice:

“La proclamación de la independencia. Hecha por V. E. en Iguala no desalentó a las, personas descontentas. El gobierno trato de aumentar la confianza en sí mismo expidiendo una proclama en la que trata a la persona de V. E. con desdén y mediante la difusión de informes contrarios a las noticias que nos habían llegado acerca de vuestras gloriosas hazañas. Estos progresos regocijaban los corazones de los que favorecían la independencia. Nuestros periódicos divulgaron las nuevas en América Central con tan felices resultados que hasta el 13 de septiembre ni una gota de sangre se había derramado en apoyo de nuestra independencia. El 15 de septiembre los patriotas triunfaron".

Una junta convocada por él Capitán General se reunió ese día en el palacio de gobierno de la ciudad de Guatemala, se declaro en favor de la independencia y por la convocatoria a un congreso de América Central, quedando Gabino Gainza, recién llegado de España y que había recibido el mando militar y político del mariscal Carlos de Urrutia, al frente del gobierno.

El generalísimo Agustín de Iturbide escribió a Gabino Gainza una carta el 19 de octubre de 1821, carta que es un precioso documento en el que constan las ideas políticas de Libertador y su modo de pensar acerca del destino de los pueblos hispanoamericanos. Dice en parte:

“... el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse en naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad, expuestas ya a las convulsiones intestinas, que frecuentemente agitan los estados en las mismas circunstancias, ya a las agresiones de las potencias marítimas que acechan la coyuntura favorable de dividirse nuestros despojos. Nuestra unión cimentada en los principios del Plan abrazado universalmente en México, asegura a los pueblos el goce imperturbable de su libertad, y los pone a cubierto de las tentativas de los extranjeros que sabrán respetar la estabilidad de nuestras instituciones, cuando las vean consolidadas por el concurso de todas las voluntades. Este concurso es muy difícil que se logre a favor de establecimientos precisamente democráticos cuyo carácter esencial es la inestabilidad y vacilación que impiden la formación de la opinión, y tienen en perpetuo movimiento todas las pasiones destructoras del orden. Los pueblos no pueden querer que sus gobernantes, de cuya sabiduría y experiencia se prometen los bienes que por sí no les es dado alcanzar, arrojen en su seno las simientes de la anarquía en los momentos de restituirlos a la posesión de su libertad. El poder absoluto que se ejerce desde lejos con toda la impunidad a que autoriza la distancia, no es el solo mal que debemos temer; es preciso que al destruirlo en su raíz, evitemos las resultas mismas de la actividad del remedio, que en la demasía de su dosis hará pasar al cuerpo político de la excesiva rigidez, a la absoluta relajación de todas sus partes. Ambas enfermedades producen la muerte aquélla, porque falta el movimiento, y ésta porque se hace convulsivo.

Bien convencido me hallaba de estas verdades que el tiempo no ha hecho sino confirmar, cuando tracé en Iguala el plan de Independencia que combina prácticamente los varios intereses del Estado, aunque en teoría no faltaran defectos que objetarle en un tiempo sobre todo en que la manía de las innovaciones republicanas que con tanto furor han desolado los más hermosos y opulentos reinos de Europa, ha atravesado los mares y empieza a propagar sus estragos en América. No tiene la política otro medio de contener los progresos de este contagio que el de adoptar los principios de la monarquía moderada, erigiendo a la Libertad un trono, en que el respeto reverencial y de costumbre, los prestigios de la antigüedad y la posesión inmemorial de la corona, acudan a sostener la dignidad del soberano al paso que la representación nacional, ejerciendo libremente su destino, oponga un dique incontrastable a los embates del poder, y lo reduzca a la feliz impotencia de degenerar en aristocrático. Por esto México, no contento con llamar a su solio al monarca reinante en España, ha jurado solemnemente admitir en su lugar a cualquiera otro de aquella augusta dinastía, hasta estipular en el tratado de Córdoba, que contiene la legítima expresión de la voluntad general, poner el cetro en manos del príncipe de Luca, a falta de los demás que se llaman preferentemente. [...] si aspiramos al establecimiento de una monarquía es porque la naturaleza y la política, de acuerdo en el particular, nos indican esta forma de gobierno en la extensión inmensa de nuestro territorio, en la desigualdad enorme de fortunas, en el atraso de las costumbres, en las varias clases de población, y en los vicios de la depravación identificada con el carácter de nuestro siglo...".

Estas son, en pocas palabras, las convicciones políticas de Agustín de Iturbide. Reflejan, es verdad, la tendencia liberal de su época, pero al mismo tiempo encierran un profundo sentido de la realidad social en América.

Lo que Iturbide escribió acerca del resultado que tendría la adopción de las instituciones republicanas fue confirmado por la adopción de las instituciones republicanas fue confirmado por la experiencia, ya que, en efecto, a establecerse un sistema político diverso del que exigía la tradición, las instituciones fueron inestables y vacilantes y ese, "perpetuo movimiento de todas las pasiones destructoras del orden", que Iturbide anunciaba, causo la ruina del país, que al cabo de unos cuantos años de ensayos democráticos perdió más de la mitad de su territorio y se vio reducido a la triste condición de una pobre y degradada colonia.

Con intuición que debemos calificar de genial, Iturbide contemplada necesidad de que México y los países de Centro América viviesen unidos, "porque el interés es único e indivisible", porque viendo como naciones separadas, "estaban expuestas a convulsiones intestinas y a las agresiones de las potencias que acechan la coyuntura de dividirse nuestros despojos". Iturbide propone la unión para "asegurar el goce imperturbable de la libertad y poner a los pueblos a cubierto de las tentativas de los extranjeros". ¡Ese era el camino para los pueblos hispanos de América! Iturbide supo trazarlo, con aguda, clarísima visión política.

Esta idea de la unión de los pueblos hispanoamericanos se expresa también en una carta dirigida al arzobispo de Guatemala (10 de octubre de 1821), en los siguientes términos:

"La isla de Cuba, en virtud de su interesante posición para el comercio europeo y por el carácter de su población, está en grande peligro de convertirse en presa de las ambiciones marítimas de los ingleses de uno y otro continente, o de ser desgarrada por luchas intestinas que en ninguna parte como en América serían más desastrosas y fatales... México no puede ser indiferente a ninguna de estas contingencias... Cree que está obligado a ofrecer a los cubanos una íntima unión y alianza para la común defensa".

A propósito de este documento, dice William Spencer Robertson, el biógrafo del Libertador:

“Al comprender de este modo la importancia de Cuba para los Estados americanos, Iturbide se anticipó a las opiniones de los principales publicistas tanto del nuevo como del viejo mundo”.

¡Y no obstante estas pruebas del superior talento político de Iturbide, de su visión genial, hay quien le niegue el derecho a ocupar un sitio igual al de los más grandes libertadores de América! Los historiadores oficiales, tan ocupados en inflar monigotes grotescos que sólo daño hicieron a la patria, ¡cuánto empeño han puesto en empequeñecer esta grande figura de nuestra historia, escamoteando los hechos que demuestran su grandeza para solo acordarse de que mataba forajidos en el Bajío y de que engañó al conde del Venadito!

¡Pobre Iturbide! Sus enemigos no sólo le quitaron la vida física, sino que le han muerto para la posteridad, y esta nación la que libertó y engrandeció no tiene dedicada a su memoria ni una estatua, pero en cambio la ofende con calumnias!

Aun escritores independientes, que justamente elogian a Alemán por su patriotismo y su política hispanoamericana, sólo tienen insultos para Iturbide, repitiendo los tópicos difamatorios que sobre él circulan desde hace 140 años, sin asomarse siquiera al pensamiento político del Libertador y sin sospechar que si ha habido alguien en México capaz de concebir y realizar una política de acuerdo con la corriente histórica y los legítimos intereses de los pueblos españoles de América, ese hombre fue Iturbide.

Los mexicanos no lo hemos reconocido; pero un escritor extranjero, el ya citado William Spencer Robertson, que muestra en su libro la natural antipatía que un escritor angloamericano debe sentir por un campeón del catolicismo y de los ideales hispanoamericanos, dice, nada menos, que Iturbide tiene títulos para ocupar un lugar entre los hombres públicos de su época que más profundamente se interesaron en las relaciones entre el viejo y el nuevo mundo, o sea un lugar en la galaxia de sus contemporáneos John Quincy Adams, James Monroe, el príncipe Metternich, Simón, Bolívar, José Bonifacio, el vizconde de Chateaubriand Jorge Canning y el zar Alejandro I.

Agrega ese escritor que principalmente a causa del fracaso de ensayo de gobierno imperial, Iturbide ocupa un nicho en el templo panamericano de la faina histórica inferior al ocupado por Bolívar y San Martín.

Nosotros pensamos que el fracaso del primer imperio, decretado en juntas tenebrosas movidas por los que representaban un interés contrario al de México, no mengua la gloria de Iturbide, tan alta cómo la de Bolívar y San Martín.

CAPÍTULO7. 

Pródromos. 

México independiente desbordó las fronteras del antiguo virreinato de la Nueva España y las águilas del imperio extendieron sus alas sobre las provincias de Centro América, hasta el Istmo de Panamá, y desde la Alta California.

"En verdad, y parcialmente a causa de la amplia aceptación del Plan de Iguala, pareció como si los directores del Nuevo Imperio estuviesen tentados a una carrera de expansión más allá de los límites del virreinato", dice Robertson.

Y ese era el plan de Agustín de Iturbide: construir una sola nación con las de Centro América, porque los "intereses eran idénticos e invisibles” y porque con ello se aseguraba la existencia y la libertad de todas las provincias del imperio, poniéndolas a cubierto de las tentativas de los extranjeros. Este era el curso natural de los acontecimientos, al que Iturbide abrió cauce con firme mano. Sí las cosas se desarrollaron de otro modo fue porque un imperialismo extranjero, al que sirvieron de instrumento criollos encandilados, tenía interés en que, en lugar de una fuerte y sólida nación hispanoamericana, hubiese varias pequeñas, débiles y anárquicas republicas cuyo dominio fuera fácil.

Guiadas por un mero instinto de conservación política, las provincias de América Central se habían inclinado espontáneamente hacia la unión con México.

El 2 de enero de 1822, una junta provisional reunida en Guatemala decidió que esta Capitanía General se agregara al nuevo imperio. Tres días después el Capitán General expedía un manifiesto en el que daba a conocer la anexión. El 9 de junio se publicó un decreto en el que se prevenía que cualquiera que criticase oralmente o por escrito la determinación tomada en favor de la unión de Centro América con México sería castigado por sedición. Las fiestas con las que se celebró este hecho duraron 3 días. Un mes más tarde la junta gubernativa determinó que Guatemala enviase sus representantes al congreso cuya instalación estaba próxima.

Al unirse a México la Capitanía General de Guatemala quedaron incorporadas al imperio las provincias de Nicaragua, Honduras, Costa Rica y El Salvador, juntamente con la misma Guatemala. Todas ellas se separaron cuando cayó Iturbide. Sólo Chiapas permaneció firmemente unida a México.

Un busto de Iturbide fue llevado desde la ciudad de México hasta la provincia de Honduras, donde fue recibido con repique de campanas, salvas de artillería y otras demostraciones de regocijo.

En las tierras que eran entonces nuestras y que pronto dejarían de serlo, también se declaró la independencia y la unión al imperio. En Santa Fe, Nuevo México, el gobernador y el pueblo celebraron el 6 de enero de 1822 el establecimiento de la independencia, y en Monterrey (California), una asamblea, reunida por, el gobernador Pablo Sola el 9 de abril declaró que reconocía la autoridad de la junta que mandaba e México y que la alta California dependía del imperio mexicano y era independiente de cualquier otro Estado.

En Monterrey, Nuevo León, el 6 de agosto de 1821 el general Gaspar López, comandante de las Provincias Internas de Oriente, celebró un tratado con el jefe comanche por el cual este reconoció la independencia de México y además prometió que no prestaría ayuda a ningún individuo, corporación o potencia extranjera que abrigara proyectos respecto a él. El 3 de noviembre, López publicó una proclama informando a los indios de la frontera que Iturbide había hecho libre un vasto imperio y exhortándoles a que cesaran las guerras contra sus habitantes. 

Muerte de O’Donojú. 

Apenas instalada la regencia, uno de sus principales miembros, don Juan O'Donojú, cayó enfermo de pleuresía. Iturbide, que había hecho con el una excelente amistad, ordenó que fuese atendido en su enfermedad por el proto-medicato, a cuyo presidente envió un oficio encomendándole el caso. Todas las atenciones fueron inútiles y el último Capitán General de la Nueva España falleció el 8 de octubre, 13 días después de haber llegado a la capital.

Fue enterrado en la capilla de los Reyes de la Iglesia Catedral, con todos los honores correspondientes a los virreyes. A su viuda se le asignó una pensión de veinte mil pesos anuales, que habría de disfrutar mientras no mudase de estado y permaneciese en México. Como O'Donojú fue proscrito por el gobierno de Madrid, su viuda se quedó en México, donde años más tarde murió olvidada y en la pobreza.

La figura del hombre que canceló el dominio de España sobre México tiene reflejos dramáticos. Llega este hombre a las playas de México justo en el momento que la nación había abrazado la causa de la independencia, y cuando España ya sólo tenía bajo su poder la ciudad de México y los puertos de Acapulco y Veracruz. Enterado de la situación, resuelve adoptar el Plan de Iturbide y firma con él los tratados de Córdoba. Es reconocida su autoridad por los que de hecho mandaban en la ciudad de México y este reconocimiento no tiene otro efecto que el que la capital caiga sin sangre en poder del ejército Trigarante, cuya triunfal entrada contempla desde un balcón del palacio de los virreyes. Asiste a las ceremonias con que México celebra su emancipación, firma el Acta de Independencia, y apenas transcurren unos días de estos hechos, muere en la capital de una nación que durante 3 siglos había sido parte del imperio español y había dejado de serlo apenas unas semanas antes.

No falto bellaco que imputara a Iturbide la causa de la muerte de O'Donojú, "pero, esas imputaciones odiosas -dice Alemán son absolutamente infundadas. La enfermedad de que falleció fue bien conocida, y además de haberle asistido en ella el medico que con él vino de España (don Manuel Codorniú), Iturbide comisionó a todo el protomedicato para que lo visitara".

Organización del nuevo Estado. 

Iturbide había empuñado con decisión el timón de la nave del nuevo Estado, y la dirigía con pericia. No varió radicalmente el sistema administrativo que existía, pues no era necesario hacerlo. Pero introdujo algunos cambios. Distribuyó la administración militar del imperio en 5 capitanías generales que encomendó, la de las provincias internas de Oriente y Occidente, Bustamante, la nueva Galicia, a Negrete, la de México, a Sotarriva, la de Veracruz, a Luaces, y la del Sur, a Guerrero.

El 4 de octubre se crearon 4 secretarías de estado, a saber: la de relaciones exteriores e interiores, la de justicia y negocios eclesiásticos, la de guerra y marina y la de hacienda, que se confiaron respectivamente a don Manuel de Herrera, don José Domínguez, don Antonio de Medina y don Rafael Pérez Maldonado.

El generalísimo, para premiar los servicios hechos a la Independencia, nombró teniente general a don Pedro Celestino Negrete; mariscales de campo a don Anastasio Bustamante, don Luis Quintanar y don Vicente Guerrero, brigadieres con letras de servicio, a don Melchor Álvarez, don José Antonio Andrade y marqués de Vivanco; brigadieres sin letras, José Joaquín Herrera, Nicolás Bravo, José Antonio Echávarri, Miguel Barragán, Joaquín Pares y Juan Horbegoso; coroneles, Luis Cortazar y Agustín Bustillos.

Muchos españoles, previendo la que se iba a armar, resolvieron volver a España. Entre ellos estaba el regente de la audiencia, Bataller, quien no quiso quedarse a pesar del empeño de Iturbide. Cuéntase que Iturbide le dijo que respondía con su cabeza de la seguridad de él y de todos los españoles, a lo que Bataller replicó: ¿La cabeza de Ud.? ¡Triste seguridad! Es la primera que tiene que caer en este país".

Relaciones con Estados Unidos. 

Iturbide no creía en el destino manifiesto de los Estados Unidos. Por lo mismo, en cuanto se dio el primer caso de invasión de territorio mexicano por ciudadanos de ese país, mostró que estaba dispuesto a arrojar a los invasores.

Así consta del oficio dirigido el 23 de octubre de 1821 a don Pedro Celestino Negrete, documento que por su importancia vamos a copiar íntegro. Dice así:

"Excelentísimo señor:
El comandante general interino de las Provincias de Oriente, D. Gaspar López, en carta no. 52 de 15 de este mes escrita del Saltillo, me participa con documentos estar invadida la provincia de Texas y sorprendido el Presidio de la Bahía del Espíritu Santo por los angloamericanos, sin expresar por falta de datos el número de que se compone la división enemiga, ni detallar las demás necesarias circunstancias para formar una idea exacta de la calidad y miras de los invasores.

Como puede ser una partida corta de aventureros, puede ser una fuerza respetable y disciplinada con intenciones de apoderarse del territorio. De cualquier manera, el caso exige toda la actividad de V. E., sus acertadas disposiciones y su socorro, tanto de numerario como de tropa para que emprenda DESALOJAR ESOS ENEMIGOS Y FIJARSE ALLÍ PARA IMPEDIR NUEVAS TENTATIVAS.

A la fecha supongo que V. E. ha adelantado sus providencias en virtud del aviso que me indica López haberle dado el mismo día, y también supongo a V. E., instruido por él mismo de la escasez de tropa, dinero, armas y caballería en que se hallaba el gobernador de Texas por el abandono con que el anterior gobierno miró ESE PUNTO TAN INTERESANTE DEL IMPERIO. Espero que V. E. tome sobre sí el completo desempeño de este asunto pues aunque por aliviarlo he conferido el mando de las Provincias de Oriente y Occidente al señor general don Anastasio Bustamante, éste se halla aquí con ocupación y carece de conocimientos. Dios guarde a V. E. muchos años. Iturbide".

Poco tiempo después, el 8 de enero de 1822, Iturbide dirigió una carta al Presidente de los Estados Unidos en la que le notificaba que había tenido a bien nombrar al capitán de navío Eugenio Cortés para que fuera a ese país a comprar buques para empezar a formar la marina del imperio, "y lo manifiesto a V. E. -decía Iturbide- con aquella franqueza propia de la libertad del mismo gobierno, así como para que V. E. tenga el debido conocimiento, como para que use de la bondad de auxiliar su comisión”.

Cortés escribió a Iturbide de Baltimore informándole que se había reunido con Henry Clay, quien lo había tratado con cortesía. En esa misma carta le hacía mención del reciente mensaje de Monroe al Congreso. El secretario de Estado John Quincy Adams escribió al secretario de relaciones José Manuel Herrera el 23 de abril haciéndole saber que el presidente Monroe estaba dispuesto a recibir un agente diplomático de México y enviar un agente de aquel gobierno a la ciudad de México.

Por este tiempo, el aventurero internacional James Wilkinson escribió una carta al presidente Monroe en la que decía de Iturbide que "podría pasar en cualquier parte por ciudadano de los Estados Unidos. Su varonil, fornida figura esta adornada de una dulce expresión de semblante, y sus modales son a la vez fáciles, inafectados y cautivadores.

Hay otros muchos testimonios acerca de la noble fisonomía del Libertador. Un diputado centroamericano, Pedro José Lanuza, “ponderaba lo festivo, magnético y majestuoso de su semblante”. Tenía un cuerpo atlético y – un inconfundible aire militar. Poinsett hizo de él un poco más tarde esta descripción: "Su estatura de unos 5 pies y 10 u 11 pulgadas, es de complexión robusta y bien proporcionado; su cara es ovalada y sus facciones son muy buenas, excepto los ojos que siempre miran hacia otro lado. Su pelo es castaño, con patillas rojizas, y su tez es rubicunda, más de alemán que de español”.

El Cónsul Wilcox informa. 

Los primeros informes que recibió el gobierno de los Estados Unidos acerca del movimiento de independencia y de su autor, fueron tan exactos y fieles. Los trasmitió el cónsul James Smith Wilcox. Reflejan la verdad de la situación, observada por un extranjero honesto.

En su relación al Secretario de Estado, firmada el 25 de octubre de 1821, decía Wilcox:

"Señor, el amor de mi país, la explosión de un sentimiento noble y de toda acción generosa, me inducen a comunicarme con usted, para información del Presidente, y tomando en cuenta el beneficio que puede resultar al gobierno y a los ciudadanos de los Estados Unidos, de las siguientes noticias circunstanciales y exactas de la feliz rebelión que últimamente se ha desarrollado en este reino de la Nueva España; la cual, con la bendición de Dios, ha terminado en la más completa y absoluta emancipación debido a la intrepidez, valentía y esfuerzo de su patriótico jefe, el general don Agustín de Iturbide, a la discreta política de la madre patria, y a las ideas liberales y filantrópicas de su último capitán general, don Juan O´Donojú.

Refiere en seguida puntualmente el origen y desarrollo de la revolución de Iguala, elogia el plan publicado por Iturbide y cierra su verdadera información con estos juicios:

"Estoy muy lejos de creerme en la posesión de las cualidades necesarias para tratar con la precisión que el reclama, un asunto tan importante como este, y ciertamente no habría tenido la temeridad de tocarlo si no fuera por la peculiar situación en que me he encontrado, como testigo presencial de cuanto ha ocurrido, y por la convicción que abrigo de que todo individuo está obligado a contribuir al bienestar de su país, según su habilidad, sea grande o pequeña”. 

“Con esta idea, ahora que he terminado mi relación me tomaré la libertad de hacer algunas observaciones, y diré, en primer lugar, que la revolución que he intentado describir -esto es, el movimiento emprendido por Iturbide-, no es de aquéllos realizados por medio de la crueldad de las pasiones desatadas, ni por el rencor o la venganza, sino al contrario, desde que comenzó ha sido acompañada por el amor fraternal, el patriotismo, el desinterés, la verdad y la buena fe, de manera que a medida que más pienso en su origen y progreso, más crece mi admiración y más me siento tentado a exclamar que América ha producido dos de los más grandes héroes que han existido: Washington e Iturbide. Segundo, el nuevo gobierno se ha establecido sobre bases sólidas y seguras PORQUE EL PUEBLO ESTÁ ALTAMENTE SATISFECHO CON ÉL, los jefes oficiales y soldados han seguido uniformemente el ejemplo de moderación, que les ha puesto su magnánimo guía, quien para evitar luchas, guerras y emulaciones, ha rehusado absolutamente la corona...”. 

Carta de Simón Bolívar. 

Simón Bolívar escribió de Colombia a Iturbide el 10 de octubre de 1821 la siguiente carta:

"Excmo. Señor: El gobierno y el pueblo de Colombia a han oído con placer inexplicable los triunfos de las armas que V. E. conduce conquistar la independencia del pueblo mexicano. V. E. por una reacción portentosa ha encendido la llama sagrada de la libertad que yacía bajo las cenizas del antiguo incendio que devoró ese opulento imperio. El pueblo mexicano, siempre con los primeros movimientos de la naturaleza, con la razón con la política, ha querido ser propio. Los destinos estaban señalados a su fortuna y a su gloria: V. E. los, ha cumplido. Si sus sacrificios fueron grandes, más grande es ahora la recompensa que reciben en dicha y honor.

“Sírvase acoger con la franqueza con que yo la dirijo, esta misión, que sólo lleva por objeto expresar el gozo de Colombia a V. E. y a sus hermanos de México por su exaltación a su dignidad. El señor Santa María, miembro del Congreso General, Plenipotenciario cerca del Gobierno de México, tendrá la hora de presentar a V. E., juntamente con esta carta, la expresión sincera de mi admiración de cuantos sentimientos puedan inspirar el heroísmo benéfico de un hombre grande.

"Yo me lisonjeo que V. E., animado de sus elevados principios y llenado el voto de su corazón generoso, hará de modo que México y Colombia se presenten al mundo asidas de la mano y aún más en el corazón. En el mal, la suerte nos unió; el nos ha unido en los designios y la naturaleza desde la eternidad nos dio un mismo para que fuésemos hermanos y no extranjeros.

"Sírvase V. E. aceptar los testimonios más sinceros de los sentimientos con que soy de V. E., con la mayor consideración y respeto su obediente servidor. SIMÓN BOLÍVAR”.

Asoma la discordia. 

En la junta provisional gubernativa se acusaron las tendencias hostiles al primer jefe que serían el origen de los sucesos posteriores.

La junta, como dice Alamán, equivocó sus funciones. Estas se limitaban a nombrar la regencia y convocar a congreso; pero las excedió. Por principio de cuentas no se conformó con el modesto nombre de "junta provisional", sino que tomó el titulo de soberana exigió el tratamiento de majestad, hechos que indican ya su pretensión de que la hechos que indican ya su pretensión de que la soberanía radicaba en ella.

Sus individuos representaban las opiniones políticas en boga. Los principios de la constitución española eran para ellos, o para algunos de ellos, dogmas, y por lo mismo inobjetables. Uno de estos dogmas era el del sistema representativo. “No se creía posible”, dice Alamán, "establecer una sociedad política sin una junta congreso constituyente”. Pero no era eso lo malo, sino que se pensaba que un congreso cualquiera, una asamblea de declamadores ignorantes, estaba revestido de una soberanía absoluta, esto es, aquellas gentes habían pasado del extremo del absolutismo real al extremo del absolutismo democrático. Conforme a esta idea, pues, el soberano absoluto ya no era un rey, sino un congreso. Y por lo absoluto, el congreso podía hacer lo que le diese la gana. Podía constituir un país sin tomar en cuenta sus antecedentes históricos, su peculiaridad física y social. De acuerdo con su concepción política, el fundamento de la autoridad era la voluntad general, representada en un congreso, y no el bien común. Por lo mismo, los representantes ejercían un Poder irrestricto, superior a todos.

La junta creada por Iturbide se reputó congreso en embrión, germen de representación nacional, y sobre esa base, empezó a reclamar para sí la supremacía del Poder.

Iturbide mismo nos refiere el proceso de enajenación de su autoridad, que luego, muy a su pesar, según demostraremos, tuvo que recuperar, en las siguientes, reveladoras palabras:

"Hasta aquí -dice, refiriéndose a la fecha en que la junta quedó instalada- todas las determinaciones fueron mías, y todas merecieron la aprobación general, y jamás me engañe en mis esperanzas: los resultados siempre correspondieron a mis deseos. Empezó la junta a ejercer sus funciones, me faltaron las facultades que le había cedido; a los pocos días de su instalación ya vi cuál había de ser el término de mis sacrificios: desde entonces me compadeció la suerte de mis conciudadanos; estaba en mi arbitrio volver a reasumir los mandos, debí hacerlo porque así lo exigía la salvación de la patria; pero, ¿podría, podría resolverme sin temeridad a tamaña empresa fiado sólo en mi juicio? ¿Ni cómo consultarlo sin que el proyecto trascendiese, y lo que era sólo amor a la patria y deseos de su bien, se atribuyese a quebrantamiento de lo prometido?”.

Eso, precisamente eso que Iturbide pensó en hacer y no hizo fue lo que debió haber hecho: reasumir los mandos porque así lo exigía la salvación de México.

Claro que, como dice Justo Sierra, “es sumamente fácil el papel de Profetas retrospectivos” y fácil por tanto demostrar que “más habría convenido a él y al país que, rompiendo compromiso de Iguala, hubiese inaugurado una dictadura eminentemente ilustrada y organizadora, forma natural de los gobiernos de transición”.

En el mismo sentido opina Alamán cuando dice: “hubiera sido mejor que Iturbide hubiese conservado la autoridad que había ejercido desde el principio de la revolución hasta la entrada en México, con el título de primer jefe del ejército de las tres garantías, y no tiene duda que, si bien el mismo Iturbide no dio muestra de gran capacidad administrativa… la marcha de las cosas hubiera sido más expedita”.

Iturbide no se decidió, desde un principio, a dirigir el Estado por sí mismo hacia su verdadero fin, por las siguientes razones, que él expone con su franqueza acostumbrada:

1°-Porque no se podía fiar sólo en su juicio.
2°-Porque no quería parecer ambicioso.
3°-Porque el Plan de Iguala se debilitaba.
4°-Porque "hubiese chocado con la opinión favorita del mundo culto” y se hubiera hecho “objeto de la execración de una porción de hombres por una quimera”.
5°-Porque quería ser consecuente con sus principios: había ofrecido formar la junta, cumplió su palabra, y no gustaba de destruir sus hechuras.


A estas razones, expuestas por él, debemos añadir estas otras: Iturbide creía que la primera necesidad del imperio era constituirse y que no había otro medio de hacerlo que la reunión de un congreso. Su robusto sentido común, que claramente le revelaba lo que el bien de México exigía, se veía contradicho por una teoría entonces universal que él mismo había adoptado.

Por otra parte, no quería echar a perder su obra maestra: la Independencia, ni opacar el brillo de su título de Libertador. Y tenía razón. Nosotros estamos plenamente convencidos de que Iturbide hubiese preferido, una vez consumada su empresa, volver al campo, que lo atraía poderosamente. Muchas veces expresó este deseo, y biógrafos tan serios como Robertson admiten que no hay motivo para sospechar de la sinceridad de estas expresiones. Los que se dejan guiar por la apariencia de los hechos, replican: No. Iturbide era un ambicioso, quería el poder para él solo. Nosotros estamos de acuerdo en que Iturbide era ambicioso, y justamente porque lo era tenía que renunciar a un poder que no le proporcionaba mas de lo que ya tenía, sino que menoscababa su gloria. La ambición suya estaba colmada desde el momento en que liberto a México.

Pero, no podía escapar a su perspicacia el resultado que produciría dejar el país entregado a las luchas de los partidos, de las facciones que empezaban a pulular. Vendría el caos, como vino. La suerte de su patria no podía serle indiferente. Por salvarla, cuando ya iba en el camino de la anarquía y el desorden, hizo lo que por mucho tiempo se resistió a ejecutar. Pero entonces no se forjó ninguna ilusión acerca de su poder para cambiar el curso fatal de la historia. Supo que iba a la derrota y a la muerte. Y aceptó su destino. Lo acepto valiente, noblemente. Lo veremos marchar hacia él con aquellos firmes, seguros, ágiles ochenta pasos que camino en el cadalso de Padilla.

CAPÍTULO 8. 

La desición inevitable. 

Con motivo del debate acerca de, la reposición de la Compañía de Jesús y las órdenes hospitalarias se manifestó el partido liberal, a cuya cabeza estaba don José María Fagoaga, "hombre muy considerado por su nacimiento, instrucción y riqueza... muy tenaz en sus opiniones, decidido por la forma de gobierno monárquico con príncipe de la familia real, pero con todas las limitaciones establecidas por la constitución española, y muy adicto a las reformas introducidas por las Cortes en materia religiosa". El Padre Cuevas, con su peculiar acrimonia, dice que era "mal español y mal mexicano, tipo del autodidacto presuntuoso”. Al mismo partido pertenecían Sánchez de Tagle, "mal poeta y peor político” Jáuregui, el Conde de Heras y -agrega Cuevas- “otros abogados ejusdem furfuris” (de la misma calaña). Las personas adheridas a la tendencia liberal habían leído obras de política, conocían bien los fundamentos del sistema representativo, del que eran ardientes partidarios, y aunque nunca lo habían visto funcionar ni tenían la menor experiencia en la práctica del gobierno, sus opiniones imponían respeto.

La tendencia liberal moderada también se acuso en la junta y la representaba el doctor Alcocer, que era contrario a las reformas religiosas. Por otro lado estaban los títulos y mayorazgos, que dependían de Iturbide y votaban según las disposiciones de este.

"El terreno -dice Alamán- era muy desventajoso para los liberales, supuesto lo que había precedido y el objeto que había tenido la revolución: así no entraron a la contienda a descubierto".

En el debate sobre la reinstalación de los jesuitas y hospitalarios, el grupo liberal radical evitó, en forma muy hábil, encarar el asunto, su pretexto de que la junta no podía ocuparse sino de temas urgentes. Así pues, la discusión de este punto fue soslayada, cuando la nación quería realmente el restablecimiento de esas órdenes, como que éste había sido uno de los grandes motivos de la revolución de independencia. Y por una mayoría ficticia de una junta llamada soberana se tomó una determinación opuesta a la opinión general.

Convocatoria al Congreso. 

El principal deber de la junta era convocar a un congreso para que constituyera la nación. Las discusiones sobre la forma y el método de las elecciones fueron acaloradas. El generalísimo ocurrió a presentar un proyecto de convocatoria y algunos miembros de la junta pretendieron negarle este derecho, pero Iturbide supo hacerse respetar.

El proyecto de Iturbide proponía que la elección de los diputados se hiciese por clases o gremios y que el número de diputados fuese el de 120, distribuidos entré las distintas clases; esto es, proponía una representación orgánica, de acuerdo con el sistema representativo tradicional, según el cual el elector no transmite ninguna soberanía política, sino que se limita a conferir un mandato concreto al elegido, quien debe obrar sujetándose a las instrucciones de sus electores. Implícitamente sostenía Iturbide en su proyecto que la representación es el ejercicio de un derecho colectivo, el de clase, y no de la, soberanía política, sino social.

La Junta resolvió estudiar la proposición del generalísimo, que, al final adoptó en parte, mezclándola con el sistema de la constitución, española inspirada en una filosofía política diversa a la tradicional en la que Iturbide fundaba su proyecto, de modo que la convocatoria fue un producto híbrido y contradictorio.

Dicha convocatoria se publicó por bando solemne, y según lo dispuesto en ella, en las elecciones populares que debían efectuarse el 21 de diciembre los ciudadanos nombrarían electores; estos elegirían el 24 los alcaldes, regidores y síndicos de los ayuntamientos; el 27 los ayuntamientos elegirían elector partido, reunidos los electores de partido en la capital de éste, procederían a nombrar elector de provincia, y reunidos los electores de provincia en la capital de ésta, harían el 28 de enero la elección de diputados, quienes deberían ser-nombrados por clases (un eclesiástico, un militar, un magistrado, etc). Los diputados debían estar en México el 13 de febrero para instalar el congreso el 24, aniversario del Plan de Iguala. El número de los diputados sería el de 162 con 29 suplentes.

La voluntad popular llegaba a los diputados, a través de tantas elecciones indirectas, bastante diluida. En realidad, los electores de los diputados constituyentes representaban, si caso, a un eco lejanísimo de la opinión del pueblo.

Crítica de la convocatoria. 

Iturbide dice de la convocatoria que "era defectuosísima, pero con todos sus defectos fue aprobada, y yo no podía mas que conocer el mal y sentirlo. No se tuvo presente el censo de las provincias; de aquí que se concedió un diputado, por ejemplo, a la que tenía 100,000 habitantes y 4 a la que tenía la mitad. Tampoco entró en el cálculo que los representantes debían estar en proporción de la ilustración de los representados; de entre 100 ciudadanos instruidos bien pueden sacarse 3 ó 4 que tengan las cualidades de un buen diputado, y entre 1,000 que carecen de ilustración y de principios con dificultad se encontrará tal vez uno a quien la naturaleza haya dotado de penetración para conocer lo conveniente, de imaginación para ver los negocios por los aspectos precisos, firmeza de carácter para votar por lo que le parezca mejor, y variar de opinión una vez convencido de la verdad, y de la experiencia necesaria para saber cuales son los males que afligen a su soberanía".

Iturbide demuestra en seguida cómo, a través del funcionamiento del complicado artilugio electoral, la elección vino a quedar en manos de los ayuntamientos de las capitales de provincia, “o más bien de los directores de maquina que luego quedaron en el congreso después de la cesación de la junta para continuar sus maniobras". Y el pueblo -decimos nosotros- ¡encantado con su soberanía!

Los monopolios. 

La máquina de que habla Iturbide era, en realidad, la francmasonería, máquina muy bien montada, puesta en marcha y en plena producción de conspiraciones.

Digamos con Menéndez y Pelayo que "tiene algo de pueril exagerar su influencia, mayor en otros días que ahora cuando la n destronado y dejado a la sombra, como institución atrasada, pedantesca y añeja, otras sociedades más radicales, menos ceremoniosas y más paladinamente agitadoras; pero rayaría en lo ridículo el negar, no ya su existencia, comprobada por mil documentos y testimonios personales, sino su insólito y misterioso poder y sus honda ramificaciones”.

Tenemos que estar también de acuerdo con el genial polígrafo español cuando dice que, en una materia tan ocasionada a fábulas consejas como lo es la francmasonería, "es preciso ir con tiento y no afirmar sino lo que está documentalmente probado mi la mínima severidad que la historia exige", porque "si de lo que pasa a nuestros ojos y en actos oficiales consta, no tenemos a veces la seguridad apetecible, ¿como hemos de saber con seguridad lo que medrosamente se oculta en las tinieblas? Las sociedades secretas son muy viejas en el mundo. Todo el que obra mal y con dañados fines se esconde: desde el bandido y el monedero falso y el revolvedor de pueblos, hasta el hierofante y el sacerdote de falsas divinidades que quiere, por el prestigio del terror, y de los ritos nefandos y de las iniciaciones arcanas, iludir a la muchedumbre y fanatizar a los adeptos. De aquí que lo que llamamos LOGIAS y llamaban nuestros mayores COFRADÍAS Y MONIPODIOS, exista en el Mundo desde que hay malvados y charlatanes; es decir, desde los tiempos prehistóricos. La credulidad humana y el desordenado afán de lo maravilloso es tal, que nunca faltará quien lo explote y convierta a la mitad de nuestro linaje en mísero rebaño, privándola del propio querer y del propio entender”.

Conforme al criterio expuesto, no debemos afirmar, respecto a la influencia de las sociedades secretas en los sucesos que vamos, narrando, sino lo que esté documentalmente probado.

"La venida de O'Donojú a México -dice Alamán, con quien están de acuerdo todos los autores- había dado grande impulso a la francmasonería, pues aunque el mismo hubiese vivido pocos días, las personas que lo acompañaron se incorporaron en las logias ya existentes formaron otras nuevas, bajo el rito escocés. De estas últimas fue la que se llamó EL SOL, de la que dependía el periódico al que se dio el mismo nombre, redactado, por don Manuel Codorniú, médico que vino con O´Donojú, cuyo objeto era sostener el plan de Iguala, y propagar los principios liberales establecidos en España. [...] Desde entonces los francmasones vinieron a ser un resorte poderoso, que veremos en acción en todos los sucesos posteriores".

El testimonio de Zavala sobre este punto es muy valioso. Dice que los individuos de la oposición formaron un partido que adquirió mayor fuerza con el establecimiento de las logias masónicas fundadas bajo el título de rito escocés; que a esta secta secreta se afiliaron los que aspiraban a diputaciones empleos de cualquier genero, así como todos los que tenían interés en conservar sus puestos en el gobierno; que los republicanos se aliaron con los borbonistas, y que unos y otros se identificaban en el odio común al libertador. Todos los peninsulares -gachupines- se afiliaron al partido escocés. "Increíble era el furor -dice Zavala- con que estos restos de los conquistadores de América se expresaban contra el hombre que estaba al frente de los destinos de la nación. Parecía que su primer deber era sacrificar esta víctima a los manes de Cortés, y, de consiguiente, no omitían ningún medio para arruinar a Iturbide".

"La Masonería debe considerarse -dicen los autores de MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS- como el positivo núcleo de un partido fuerte que, a favor, a favor de la inmunidad de el hecho gozaban las reuniones secretas, hicieron de cada logia un poco de conspiradores políticos, los cuales aumentaban en numero en proporción al disgusto que las medidas del gobierno causaban y de las aspiraciones o intereses que cada uno se proponía fomentar, fundiéndose, por lo mismo, en una sola masa los antiguos insurgentes, los europeos adheridos al Plan de Iguala que querían que un Príncipe Borbón ocuparse el trono del imperio; los republicanos que, persuadidos de que tal príncipe no vendría, optaban llegar al establecimiento de la republica; los aspirantes a puestos públicos, y por ultimo, los empleados que atribuyendo decidida influencia y poder irresistible a la masonería, deseaban conservar los destinos y mejorar los destinos y mejorar de posición.

Podríamos ofrecer otros muchos testimonios de la existencia, proliferación y dinamismo de los monipodios, pero es innecesaria la demostración de lo evidente, y con lo dicho basta y sobra.

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