"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

jueves, 19 de mayo de 2011

EL DEBATE DE LA EXCOMUNIÓN A HIDALGO Y MORELOS: Por José Octavio Mora Muñoz.

Motivo de rancias declaraciones ha sido la aclaración realizada por el P. Gustavo Watson Marrón, respecto a que ni Hidalgo ni Morelos murieron excomulgados. Cual borrachos necios algunos legisladores e historiadores se han ensañado en exigir a la Iglesia el retiro de una excomunión que –a final de cuentas- estaba retirada. La celebración del bicentenario nos da la oportunidad de analizar fríamente este suceso histórico, al margen de apasionamientos ideológicos.

No podemos negar las cualidades de don Miguel. Era, indudablemente, un hombre culto (hablaba latín, francés, italiano, otomí, náhuatl, purépecha y español), su preocupación por mejorar el nivel de vida de sus feligreses era genuino y lo concretizaba en obras. Además de poseer un indudable don de gente. Pero junto a  sus indiscutibles virtudes también tuvo innegables defectos.

Si bien es cierto que no se puede describir una vaca enfatizando sólo sus manchas, también lo es que -si la vaca es pinta-, no puede pasarse por alto mencionar estas. Algo parecido ocurre con los personajes históricos. Admirar sus cualidades no debe cegarnos para reconocer sus defectos y errores.

Dejando de lado su calidad de “curas abarraganados” –Hidalgo tenía cuatro hijos y Morelos tres-, habrá que agregar que a Hidalgo se le seguía desde años antes –al menos 1806- un proceso por parte del Santo Oficio, por herejía y cura “solicitante” (así le llamaban al sacerdote que al amparo del sacramento de la confesión “solicitaba” a sus feligresas compartir con él lo que debían reservar al marido). Debido a la minuciosidad de las indagaciones inquisitoriales no se llegó a dictar sentencia sobre las acusaciones referidas. El estallido del movimiento precipitó los acontecimientos. 

Finalmente no fue la inquisición sino el Obispo de Michoacán, don Manuel Abad y Queipo, quien fulminó la excomunión contra el otrora Rector del Colegio de San Nicolás, en términos extremadamente duros. La historia oficial, que reprueba la actitud del Prelado, no menciona los ríos de sangre, el desenfreno de lujuria y el afán de rapiña que se apoderó de muchos insurgentes. Es emblemático el caso de Guanajuato, donde cientos de mujeres fueron ultrajadas delante de sus hijos o familiares, para después ser asesinadas junto con ellos, por el único delito de haber nacido en España y encontrarse refugiadas en la Alhóndiga al ser tomada.

Durante su juicio el mismo Hidalgo reconoció sus yerros. Al cuestionársele la razón de no haber juzgado a 300 peninsulares pacíficos en Guadalajara y a 85 en Celaya antes de ordenar pasarlos a cuchillo, precisó que eran 60 los ejecutados en Celaya y con sangre fría añadió: “No había para que juzgarlos, yo sabía que eran inocentes. Lo hice para satisfacer a la turba”.

¿Qué debía hacer la Iglesia con un sacerdote que dirigía estos excesos? ¿Felicitarlo? La excomunión dictada en contra del cura de dolores es totalmente entendible no sólo en el contexto de aquellos acontecimientos, sino de la misma doctrina predicada por la Iglesia. Comprensible también es el levantamiento de la misma al manifestarse arrepentido. Totalmente incomprensibles las voces peregrinas que han pedido su “canonización”.

Tras la degradación sacerdotal que precedió a su ejecución, Hidalgo escribió un dramático documento en que, entre otras cosas afirmaba: "Compadeceos, compadeceos de mí. Yo veo la destrucción de este suelo, que he ocasionado: las ruinas de los caudales que se han perdido, infinidad de huérfanos que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos".

El hecho de que haya recibido los últimos sacramentos y haya sido enterrado en camposanto (algo prohibido a un excomulgado en la época) indica claramente que don Miguelito murió en el seno de la Iglesia Católica, por lo cual exhortamos a los piadosos legisladores que solicitaron remover la excomunión que duerman tranquilos ya que su petición fue atendida antes de que la realizaran –cuestiones de eficiencia administrativa-, y aclararles que aunque no es pecado la ignorancia histórica... si es un insulto para nosotros sus gobernados.

Continuará…

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