"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

viernes, 13 de mayo de 2011

EL SECRETO DE LOS HÉROES ES MORIRSE A TIEMPO: Por José Octavio Mora Muñoz.

La diferencia entre el héroe y el villano es saber morir a tiempo. Nuestro pasado esta plagado de “traidores” con actos heroicos y de “héroes” que se dejaron arrastrar por las pasiones del poder y del dinero hasta el límite de la irracionalidad. Más allá de la manipulación oficial, hay que contemplar sin apasionamientos y con objetividad nuestro pasado, para comprender nuestro presente y poder planear el México del mañana, superando maniqueísmos históricos.

Los personajes de nuestra historia no son seres impolutos, sino personas con luces y sombras. Además de los servilismos ideológicos, que tanto han deformado nuestra verdadera historia, existe otro factor poco analizado. La muerte del personaje en un momento determinado inclina a considerarlo un prohombre ó un infame traidor. Extraña y suerrealista forma tenemos los mexicanos de escribir nuestra historia.

Si Porfirio Díaz hubiese fallecido antes de las elecciones de 1910, sin duda habría quedado como un gran estadista y como el héroe de la batalla de la Carbonera y del 5 de mayo. Su reelección en 1910 le valió ser el prototipo de “dictador” en México.

Madero gobernó torpemente el país, no impidió los negocios turbios que su hermano Gustavo realizó a la sombra del poder, y al no cumplir con las expectativas generadas en su candidatura ocasionó la decepción de sus seguidores. Su trágica y oportuna muerte le aseguró un lugar entre los héroes, que seguramente sus enemigos (Zapata y Carranza, entre otros) le habrían regateado de haber concluido su período.

Antonio López de Santana proclamó la República con el Plan de Casa Mata, y durante la “guerra de los pasteles”, contra Francia, perdió una pierna. Tan admirado era que, aún en vida, al proclamarse el himno nacional se le dedicó la cuarta estrofa que decía:

“Del guerrero inmortal de Zempoala
te defiende la espada terrible,

y sostiene su brazo invencible,
tu sagrado pendón tricolor.
Él será del feliz mexicano
en la paz y en la guerra el caudillo.
porque él supo sus armas de brillo
circundar en los campos de honor”.

Sin embargo, no supo morir a tiempo. Años más tarde será el máximo símbolo de la traición y despotismo en el país. Al mar del olvido se arrojaron sus momentos de patriotismo.

El asesinato de Álvaro Obregón por León Toral, cuando festejaba su “reelección”, le salvaron a tiempo de ser tildado de dictador, borrando de pasada su responsabilidad en el asesinato del Presidente Carranza. Hoy nadie recuerda a las 10,000 personas que acompañaron el cadáver de Toral al cementerio tras su fusilamiento en señal de respaldo a su acto.

Salinas fue uno de los gobernantes más populares y que mayores reformas realizó para modernizar al país. La crisis económica que se desató tras su gobierno lo convirtió en el “chivo expiatorio” de la clase política, el villano de moda “Lo peor del sexenio fue el séptimo año”, se comentaba irónicamente. Su muerte en 1993 o la de Fox en el 2001 habrían concluido en monumentos. Sin embargo les sobró vida, y en la historia es pecado morirse a destiempo.

El caso más extravagante e inexplicable es, sin lugar a dudas, es el de Luis Donaldo Colosio. Todo el país le recuerda por lo que pudo haber hecho, y no por lo que hizo. Para Ripley.

Los festejos del bicentenario y del centenario deben llevarnos, como país, a superar este síndrome exculpatorio o inculpatorio. Dejar de crear mega villanos y súper héroes en nuestra historia, asumiendo que la historia como la vida no es un cómic. Los personajes históricos, como las vacas pintas, pueden ser vistos blancos con manchas negras, o negros con manchas blancas. La historia oficial nos enseña a ver solo las manchas o solo lo blanco, pero el amor a la verdad en este bicentenario debe llevarnos a apreciarlos en su justa dimensión.

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