"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

viernes, 24 de junio de 2011

¿CÓMO NACEN LOS HIJOS?: Por el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez.

No, no te asustes, lector amigo, que no se trata de hacer una competencia desleal a las clases de sexo (preferentemente explícito) con que se alegran hoy las aulas de nuestros hijos y nietos.

Es algo mucho más modesto. Es la curiosa opinión que expone un tal peruano llamado Jaime Bayly. Con el título “Las vidas inesperadas” argumenta que cree sin poder demostrarlo, que la inmensa mayoría de las personas hemos llegado bruscamente al mundo, no porque nuestros padres lo desearon y planificaron… sino porque nuestros padres simplemente desearon tener sexo… compartir un momento de puro placer… olvidaron tomar las debidas precauciones y luego se resignaron, más o menos abatidos o más o menos esperanzados a los hechos fríos y consumados: ella había quedado embarazada y no había más remedio que aceptar la paternidad como un pesado mandato del destino que solo los muy crueles osaban interrumpir. (Dichosa época en que sólo “los muy crueles” apelaban al aborto).

Mi primera pregunta angustiada es: ¿cómo llega esta clase de imbéciles a ser periodistas y a disponer hebdomadariamente de dos páginas de una revista? ¿Cómo llega a publicarse tamaña estupidez? ¿No hay un jefe de redacción, un Director o lo que sea que lea lo que va a publicar y diga delicadamente al Señor Bayly que es un grandísimo zopenco y que lo que dice quizás sirva para describir la situación actual en un país europeo de los más modernizados (verbigracia, Suecia), pero aplicado al conjunto de la humanidad y de los tiempos es un reverendo disparate? ¿No hay alguien que le enseñe que, al contrario de lo que él dice, la inmensa mayoría de la gente, en siglos de Historia, ha querido tener hijos, los ha buscado con tesón? Eso se podría llamar “instinto colectivo de supervivencia” y ha funcionado a nivel personal, pero ha permitido que los pueblos subsistan.

Pero hay algo más asombroso todavía. Bayly confiesa que ha tenido dos hijas y que “si me dijeran mañana que me voy a morir, aquello de lo que más me arrepentiría sería haber deseado no ser padre, haber intentado porfiada y estúpidamente interrumpir los embarazos que me hicieron padre”.

O sea que descubrió la importancia y grandeza de lo que los hijos dan: “irónicamente, lo que entonces consideré que había sido un error, un acto irracional o imprudente, ha terminado siendo lo mejor que me ha pasado en la vida, la experiencia más feliz y enriquecedora de mi existencia…”Pero aun así, a este buen señor Bayly no se le ocurre que mucha gente ha sabido, sabe y sabrá eso que él ha descubierto tardíamente y —en consecuencia— ha usado el placer como un medio lícito de tener hijos y no como un fin en sí mismo.

Nietzsche escribió que quien lo disfruta cree que lo que importa es el fruto, cuando en realidad es la semilla. He aquí la diferencia entre quienes piensan y quienes gozan. La semilla es continuidad de la vida, es mirada de largo plazo que el mundo moderno no puede comprender.

EDUCACIÓN.

Veamos lo que opina de la educación doña Maruja Torres en un recorte sin fecha de la misma revista dominical de “El País” de Madrid. Es un artículo titulado “Pasando de cruces”, en el que se supone que va a hablar de la retirada de crucifijos de las aulas de los colegios.

Pero Marujita va por más y comienza por declarar su respeto por todas las religiones siempre que no intenten imponerle su creencia. Pero la suya, su religión es otra. Es la de Darwin (al que tiene “en mejor concepto que a los cantamañanas que forman el nudo gordiano de cualquier religión”) y la de “los antibióticos y la anestesia” que son, para ella“la Salvación con mayúscula”. Y hasta “lo de las células madre” le parece “mucho más impresionante que lo de los panes y los peces”.

Bueno, ya entendimos. Maru, ya entendimos. Tu fe es en la Ciencia o, mejor, es el cientificismo. Y una fe de carbonero como solía decirse cuando había fe. Y carboneros.

Por eso no nos extraña tu posición contraria a los crucifijos en las aulas y suponemos que preferirías unas buenas fotos de Darwin y de Bill Gates. Para ti, “el mensaje del crucifijo es el de un caballero (sic) de antaño que murió crucificado… para salvarnos de nuestro pecado original”, lo cual es notoriamente contrario a su fe de carbonera. “Lo que hace falta son pizarras, mapas y ordenadores”. Sobre todo ordenadores, en lo que coincide con nuestros ministros de educación, que están convencidos de que la educación repuntará y nos llevará en sus brazos al desarrollo si llenamos las aulas de computadoras, que es como llamamos en estas playas a los ordenadores.

Mira por dónde: Por las mismas fechas el diario “ABC” de Madrid publicaba la noticia de la publicación de un libro en el que el periodista Juan Manuel de Prada descubre a Castellani y en la noticia venía la opinión de nuestro cura sobre la significación del crucifijo en las aulas: “enseña que el fin de la vida es el triunfo de la Vida y la lucha contra la muerte. Cuando Usted sabe eso, la aritmética se hace soportable”.

Como siempre, Castellani da justito en el clavo y en todos los clavos que clavan los cientificistas incluida nuestra carbonera.

Porque aulas sin Cristo y con muchas pizarras, mapas y ordenadores, hay miles. Aulas en las cuales se enseña mucha aritmética. Casi nada más que aritmética. O sea, ciencia. Con lo que se consigue —con suerte— gente que sabe aritmética. Ahora —por desgracia— esa gente no tiene idea de para qué vivimos, y lo grave es que esa gente es la que dirige el mundo, incluyendo a Marujita.

No se asombren entonces de que los alumnos no quieran aprender, que se rebelen y se maten entre ellos y a sus profesores. No se extrañen de que salgan del colegio sabiendo algo (más bien poco) de aritmética, pero que sean al mismo tiempo unos salvajes y unos ignorantes completos. Mucho me temo que si le damos tiempo, la misma Marujita verá que cuando se saca una Gran Presencia del aula se meten por debajo de la puerta los bicharracos de la superficialidad, la necedad y el sinsentido.

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