"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

lunes, 13 de junio de 2011

EL GRAN EXCESO: Por el R.P. Terzio, del blog "Ex Orbe".

Del largo pontificado de Juan Pablo II, visto a la distancia de estos cinco años, digo que fue un gran exceso, que casi todo fue excesivo. Como el gasto de una casa que se arruina mientras dilapida en lujos o excentricidades lo que debería emplear en consolidar su economía doméstica. Si nunca me explicaré suficientemente el entusiasmo quasi delirante del Vaticano II y sus participantes, el del pontificado de Juan Pablo II tampoco consigo explicármelo.

Las celebraciones de su beatificación van por el estilo, con excesos. Exceso es un proceso consumado en sólo 5 cinco años. Cinco años en los que, a la vez que avanzaba la causa de beatificación, se iban conociendo cosas que hubieran bastado para detener el proceso, tan precipitadamente incoado. De Juan Pablo II se conocían las mil imágenes archi-publicadas por los medios, fotos, películas, viajes, audiencias. Pero se ignoraban otras cosas, tan grandes en demérito para su pontificado.

Como cierta argumentación a su favor, se nos ha dicho que no se beatifica un pontificado, sino a un hombre, un cristiano cuyo testimonio creyente se juzga ejemplar por todos los que le conocieron. Una abstracción así resulta extraña, separando el ministerio del sujeto, siendo ese ministerio el que le dio notoriedad, en cuya referencia encontraban sus actos un valor específico.

Parece evidente que la exaltación del nuevo beato lleva como un cometa la cola de todos sus actos, inseparablemente. Todo. Y no todo fue beatificable; muchos de sus actos fueron discutibles; algunas cosas ni siquiera aceptables.

Casi todos los testimonios que se han publicado estos días son de personas de su entorno que declaraban sobre la impresionante figura del Papa Wojtyla, que marcó sus vidas. También los lejanos, los que le siguieron por la televisión, los reportajes de sus viajes, sus mensajes, sus enseñanzas, todos los que recibieron una 'impresión' del Papa Juan Pablo II resaltan el espíritu animoso que supo infundirles, suscitando un característico entusiasmo.

Sus años de pontificado están jalonados de importantes acontecimientos, algunos verdaderos referentes para la vida intra-eclesial, casi todos con determinado estilo en el que se nota la impronta de su promotor, desde el Códex Iuris Canonici al Catecismo pasando por los documentos emanados de los Sínodos Romanos reunidos durante su pontificado. En todos ellos aparece, más o menos explícita, la intención consciente de que se está construyendo la Iglesia del 'tercer milenio' con estructuras inspiradas en las directrices del Vaticano II, ese concilio que no quiso ser dogmático pero que en los años de Juan Pablo II se convirtió en un dogma imponente, contraste de todo y universal sine qua non.

¿Y los frutos? Si el entusiasmo es fruto, fue un rotundo éxito. Como la celebración de esta mañana, de desbordante entusiasmo multitudinario. Pero los frutos eclesiales reales, son pocos: La Iglesia del 2005, la que dejó Juan Pablo II, era una Iglesia sumida en una crisis de identidad como jamás se ha sufrido en la historia. Una crisis de des-catolización, de pérdida y confusión de la identidad católica, dentro y fuera, afectando profundamente a personas, instituciones, acciones y perspectivas. Una Iglesia que durante los años de Juan Pablo II se entusiasmaba con el Papa e iba a la deriva, todo a la vez y sin (aparente) contradicción.

Habrá que reconsiderar, como en estos días se ha insistido, persona y obra, el sacerdote y el Papa, el anciano sufriente y el Pontífice Romano. Y distinguir, y separar, y deslindar. Y no comulgar con todo lo del Beato Juan Pablo como no se admiran ejemplares las negaciones de San Pedro, la cobardía de los Apóstoles, o las dudas de Santo Tomás. Entiéndaseme. Quiero decir que podemos admirar sin titubeos y venerar reverentemente al anciano sacerdote abnegado, orante, abrazado a la cruz del dolor y anclado en la esperanza de la Gloria; pero no es asumible el Papa de Asís, ni tampoco algunos otros momentos del Beato Juan Pablo. La heroicidad de las virtudes (¿sigue vigente este concepto en la positio de una causa de beatificación/canonización?) no convalida los errores, ni suple las deficiencias.

¿Y los milagros? Los milagros son obra de Dios, respuesta de Dios a las oraciones de sus fieles. Los intercesores válidos y los beneficiarios de los dones viven en ese gran misterio de la Communio Sanctorum, y se vivifican espiritual y sobrenaturalmente dentro del gran organismo humano-divino del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Ayer mismo me informaron de un milagro importante ocurrido en España, atribuido a la intercesión de Juan Pablo II, que no ha servido para la causa de beatificación porque se había preferido otro, y que tampoco valdrá para la causa de canonización pues se necesita otro distinto para la formalidad del proceso. Lo comento como un hecho válido, tanto como la aceptación de la providencia que guía estos asuntos entre la tierra y el cielo, el mundo y la Gloria.

En 1996, para conmemorar el jubileo del 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, Juan Pablo II publicó el libro Don y Misterio, una bella semblanza de su vocación, el seminario y primeros años de ministerio sacerdotal. En algunos pasajes aflora la emoción de aquella vocación recordada, fielmente perfeccionada y renovada. Después de leer este interesante testimonio, no comprendí cómo el sacerdote que contemplaba la obra admirable de aquellos años de su juventud era el mismo que como Pontífice de la Iglesia impedía y negaba que los jóvenes del siglo XXI pudieran formarse en seminarios, con la solidez doctrinal, espiritual y pastoral que el joven Karol Wojtyla disfrutó en su querida y añorada Cracovia. ¿No era una contradicción re-configurarse sacerdotalmente escribiendo y publicando aquellos recuerdos y a la vez impedir (por acción u omisión) que en la Iglesia del tercer milenio se recuperase aquel modelo tan fascinante, atractivo, válido y fructífero? Estando en sus manos el poder hacerlo, el poder haberlo hecho. Si no como iniciativa de aceptación general al menos como una positiva siembra particular de rica, necesaria y urgente regeneración.

En la historia de la Iglesia hay un caso de un Papa calamitoso, que es santo, el bueno de San Pedro Celestino (Celestinus V), que fue un eremita y admirado asceta, pero un Papa lamentable. Dimitió, el único Papa que lo ha hecho (creando un anómalo precedente, una tentación que más de uno saca a relucir ahora como una alternativa bastante asumible). Todavía no me explico su inclusión en el Santoral. Pero ahí está, para quien quiera encomendarse a él. El año pasado estuvo Benedicto XVI venerando sus reliquias, en Sulmona, una localidad de los Abruzzos.

Pues lo mismo, mutatis mutandis, ahí estará el nuevo beato, para sus devotos y entusiastas. Pero vuelvo al principio: Me parece un exceso. No sé si el proceso de canonización también correrá express. A ver en qué queda todo, porque a los Santos también los perfila el tiempo. Dios dirá.

Excursus.

Me ha parecido extraño que no se hayan examinado las reliquias; imagino que pudiera ser (?) que tras un examen en privado se haya resuelto no exponer el cuerpo. La explicación que dan, que cinco años es poco tiempo (y lo es: poquísimo e insuficiente tiempo para resolver una causa, y una causa semejante), me parece extraña, poco congruente: Justamente, tradicionalmente, uno de los signos corroborantes de una presunta santidad era (es) la incorrupción del cuerpo.

En el caso de nuestra Santa Teresa, por referirme a uno particularmente bien datado, antes del año de la muerte de la Santa se abrió el féretro y se reconoció el cuerpo, que estaba incorrupto; otro reconocimiento se hizo en 1585, a tres años de su muerte.

Conste, no se olvide, que el cuerpo de la Santa no había recibido ningún tipo de preparación ni tratamiento anti-descomposición post-mortem. En el caso de los Papas es costumbre el 'retoque' y tratamiento del cadáver en vistas a la exposición a los fieles, dada la demora de los ritos exequiales y la inhumación.

Por eso no es explicable que no se hayan examinado los restos ni abierto los féretros, mucho menos con la excusa de los 5 años. A no ser que ya se haya comprobado y se tengan pruebas de que no está, digamos, 'presentable'. En este supuesto, debe de estarlo poco, siendo como son los italianos expertos en la preparación y adecentamiento de reliquias, consiguiendo arreglos y resultados espectaculares.

De todas maneras siempre hubiera quedado el recurso de la mascarilla de cera coloreada, o a la mascarilla de plata, como las que cubrieron los cuerpos-reliquias de San Pio X, el Beato Juan XXIII y demás.

¿Por qué no en este caso de Juan Pablo II? ¿En tan malas condiciones está?

P.s. Lo de las reliquias con ampollas de sangre extraídas en el hospital para los análisis clínicos que van a ser expuestas como reliquias corporales de Juan Pablo II, supone otra novedad. Hasta ahora, la sangre que la Iglesia ha venerado ha sido la de los Santos Mártires, vertida por Cristo, en testimonio de la fe; esto de la sangre de laboratorio clínico es, como digo, otra llamativa novedad. Una más.

P.p.s. Si alguno preguntara si he rezado al beato, contesto que sí, brevemente. Mantengo la convicción de que los Santos (los declarados sobre todo) están para ayudar. Conque si es Santo, que trabaje, que ayude a los llamados a ser santos a que alcancen la Santidad, y que demuestre su beatitud, ya que la tiene.

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