"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

viernes, 10 de junio de 2011

LUNA Y CERCANÍAS: Por Vittorio Messori.

En mi primer empleo, trabajaba como redactor en una editorial. De esa mañana del 21 de julio de 1969 recuerdo bien los ojos de todos, hinchados por el sueño: nadie había dormido. Todo el mundo despierto, durante toda la noche, para ver qué significaba en concreto un verbo hasta entonces sólo teórico: to moon-land, «alunizar». Las celebraciones de estos días nos hacen volver la mirada hacia el cielo: hacia la Luna, ciertamente, con algunos residuos diseminados en su superficie (la basura siempre acompaña a la presencia humana); pero también más allá, hacia la inmensidad del espacio.

Vittorio Messori.
Entre todas las reflexiones, la más sorprendente, tal vez la más profunda, considero la de André Frossard, el hombre que nunca se olvida de que «Dios existe», por la sencilla razón que -tal como repite insistentemente desde hace medio siglo- «lo ha encontrado».

Escuchen: «El descubrimiento más grande del siglo XX es que no había nada para descubrir. Quiero decir que todas nuestras exploraciones en el universo muestran que está vacío, inhabitado. El hombre está solo. Es impresionante: este enorme montaje, con millones de proyectores, para un único actor representando una comedia de la que no conoce ni el primero ni el último acto.»

¿Qué se deduce de ello? Responde Frossard: «Que los antiguos, Aristóteles, Tolomeo, los teólogos del Papa tenían razón desde el punto de vista filosófico, aunque no la tenían desde el punto de vista físico. Sí, tenía razón el sistema tolemaico y no el de Copérnico y Galileo: es verdad, en el centro del universo está el hombre, la tierra. Era una astronomía equivocada, pero una correcta filosofía, que la ciencia hoy en día no hace más que confirmar. ¿La Iglesia tuvo razón, por lo tanto, en condenar a Galileo? Digamos que, con un error judicial, ha penado un error metafísico. A partir de Galileo, hemos tomado la mala costumbre de considerarnos como insignificantes gusanos en la costra de un pequeño queso. El sentido cristiano, su afirmación que, para nosotros, Dios se ha encarnado para sufrir, nuestra certeza, pues, en la gran dignidad del hombre no podían admitirlo. Y ahora, precisamente la ciencia moderna nacida con Galileo parece confirmarlo.»

Ni nosotros, ni nuestros descendientes, en el plazo de una sola vida, podremos ir nunca más allá del sistema solar: sólo podrían llegar vivos nietos y bisnietos de parejas que procreasen durante el viaje. Y el sistema solar -ahora, gracias a las sondas, lo sabemos con seguridad- está angustiosamente vacío. Pero allá donde no puede llegar todo el cuerpo, puede llegar el oído: desde 1931 los radioastrónomos están en alerta, pero nunca han captado señales de otros seres inteligentes. ¿Llegarán en el futuro? Nadie puede descartarlo, pero es evidente que no sabremos qué hacer con ellas. Esas señales nos llegarían de civilizaciones que las habrían emitido hace unos miles o millones de años y que quizás en el momento de recibirlas nosotros ya habrían desaparecido quién sabe cuándo. Y nuestra «respuesta» tardaría en llegar un espacio igual de tiempo.

Queda confirmada la decepcionante conclusión: por lo que sabemos hasta ahora, no hay nadie más. Y aunque hubiera, el diálogo sería imposible. Por esto también resultan inaceptables a priori los sueños seductores de los estudiosos de «ovnis», de los muchos que creen en los «platillos volantes»: aunque dispusieran de medios tan rápidos como la luz (ir más rápido, se sabe, es físicamente imposible) estos «alienígenas» no podrían ir y venir, mejor, tampoco podrían comunicar con su «base» remota.

Realmente la fe no tenía (ni tiene) nada que temer ante el eventual descubrimiento de otros seres inteligentes. En la villa del Papa en Castelgandolfo, paseaba yo por la terraza a plomo sobre el lago de Albano, dominada por dos cúpulas desde las cuales atisban grandes telescopios. Abajo, unas letras de bronce exhortan: Dum Creatorem venite adoremus. Estaba ahí para una entrevista con el padre Georges V. Coyne, jesuita, americano de Baltimore, astrónomo de fama mundial, director del glorioso Observatorio Vaticano, el observatorio astronómico del Papa: el más antiguo del mundo, en funcionamiento desde 1579.

El padre Coyne me confirmaba su convicción: podría haber vida en otro lugar, pero es una posibilidad, no una certeza. Y yo le recordaba (se sorprendió, dijo que no había pensado nunca en ello) que -si un día descubriéramos a «otros» en el universo- tal vez recobraría nueva luz la misteriosa palabra de Jesús: «Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A ésas también tengo que traer; ellas oirán mi voz...» (Jn. 10, 16).

Pues, la fe no temía: ni teme. Mejor, se alegraría de comprobar la fecundidad de un Dios Creador por puro amor.

Sin embargo, a pesar de ello, seguramente un cierto cientificismo ateísta ha ido buscando otros mundos habitados también para encontrar apoyo a su tesis de que la vida puede, debe desarrollarse por azar, por ley estadística, en los miles y miles de cuerpos astrales del universo. Para muchos habría sido una satisfacción el poder hablar de otros «caldos primordiales» que -con el tiempo y los cruces- habrían producido unos seres capaces de lanzar transmisiones radiofónicas en el espacio. De ser así, el hombre habría dejado de ser un misterio tan escandaloso por su unicidad: querían rebajarnos, parecía intolerable que todo fuera sólo para nosotros.

Pero lo es: en sesenta años de escuchas no hemos captado la voz de ningún otro «ser»; en cambio hemos escuchado la que parece la voz del Ser. Es el extraordinario descubrimiento de la radioastronomía: el universo «suena», las galaxias tienen una «voz», que recientemente ha sido descodificada y grabada en una cinta, dando vida a una impresionante sinfonía. Según Job (38, 7), las estrellas cantan en coro; según Isaías (44, 23) los Cielos tienen que cantar; según Zacarías (9, 14) es Dios mismo quien toca; mientras que para el Salmista (148, 3 y ss.) el Sol, la Luna, los lucientes astros, los cielos de los cielos alaban al Señor.

Metáforas, se decía, igual que centenares más que se podrían espigar tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (¿qué es aquel sonido de «la Creación entera», que, según Pablo, más que «sonar» o «cantar», «gime»?, Rom. 8, 22). Pero metáforas que ahora hallan singular y concreta correspondencia en las grabaciones de los radioastrónomos.

El tema es demasiado fascinante como para no seguir con él.

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