"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

martes, 26 de julio de 2011

LA FIRMA DEL HOMBRE: Por Juan Manuel de Prada.

Hace unas semanas, publicaba en esta revista mi admirado Eduardo Punset un artículo en el que mencionaba ciertos experimentos que, basándose en «procesos de aprendizaje y memorización» efectuados en diversos animales, «contradicen la idea heredada de que entre los humanos y el resto de animales hay una solución de continuidad».

Nos hallaríamos, según Punset, ante un continuo evolutivo. Siempre me ha llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo. Sobre ese momento, vertiginoso y revolucionario, nos habla Gilbert K. Chesterton en un hermosísimo ensayo titulado El hombre eterno, que me permito recomendar a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan.

Chesterton nos invita a entrar, para mejor entender ese momento, en alguna de las cavernas que habitaron nuestros antepasados, allá en la noche remota de los tiempos. Lo que encontramos en dichas cavernas -unas pinturas rupestres realizadas no sólo por la mano del hombre, sino por la mano de un verdadero artista- rebate esas hipótesis evolucionistas que lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad. Aunque hubiésemos sido adoctrinados en las más ortodoxas teorías evolutivas, llegaríamos a la conclusión de que esas mismas pinturas nunca las habría podido concebir ni realizar un animal. Podríamos fatigar el entero atlas, bucear en los océanos profusos de la fauna, asomarnos a los helados abismos donde se refugian las bestias más huidizas de la luz, y el resultado seguiría siendo el mismo: jamás encontraríamos una línea trazada con intención artística por la garra de un animal. Resulta chocante que los hombres de las cavernas, tan alejados de nosotros en el tiempo, sean al mismo tiempo tan cercanos a nosotros; y que bestias tan cercanas a nosotros en el tiempo, como el chimpancé o el gorila, sean a su vez tan lejanas. ¿Por qué los animales no realizan ningún tipo de arte, por rudimentario o balbuciente que sea? La respuesta la hallamos, de nuevo, en las pinturas rupestres: el hombre se diferencia de los brutos en especie y no en grado. Suena a perogrullada que el hombre primitivo dibujara un mono en las paredes de una caverna, mientras que tomaríamos a broma que nos dijeran que el mono más inteligente había dibujado un hombre. Existe una clara desproporción, una barrera insalvable entre hombres y animales, una ruptura en ese \“continuo” \ del que hablaba Punset. El arte es la firma del hombre, el rasgo exclusivo de su personalidad.

Ésta es la sencilla y escueta verdad que debería dejarse bien clara en cualquier intento mínimamente honesto de dilucidar los inicios de la humanidad. Si el autor de las pinturas rupestres hubiera sido tan animal como el mono que pintó, sería increíble que fuera capaz de hacer lo que al resto de animales les estaba vedado. Tampoco me sirve esa hipótesis que afirma que el hombre llegó a dibujar al final de un proceso evolutivo: las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. Los animales no dibujan mejor a medida que se produce su evolución: el rudo chimpancé prehistórico no pintaba de forma más rudimentaria que el refinado chimpancé contemporáneo. El hombre no puede ser considerado sino como una criatura absolutamente independiente y singular respecto a las demás criaturas. La señal más evidente de su independencia y misteriosa singularidad, la prueba de que no es el producto de un mero continuoevolutivo, es el impulso artístico. El hombre es único y diferente del resto de animales porque es creador además de criatura.

La aparición de la inteligencia humana -afirma Chesterton- no fue el fruto de una evolución, sino de una revolución. Sostener que una criatura se convierte repentinamente en creador mediante un puro proceso de agregaciones y síntesis químicas se me antoja reduccionista. Lo cierto es que la inteligencia humana no existía; y que comenzó a existir. No sabemos en qué momento o en qué infinidad de años. Algo misterioso sucedió, y tiene toda la apariencia de una acción que trasciende los límites del tiempo, quizá también los límites de nuestra comprensión. Explicarlo como un mero “continuo” no me parece, sinceramente, una hipótesis satisfactoria.

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