"No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo." Don Francisco de Quevedo.

BARRA DE BUSQUEDA

martes, 19 de julio de 2011

LA MUERTE DEL LIBERTADOR: Por Mario Alejandro Tapia.


El bergantín Spring se acercaba paulatinamente a las costas Tamaulipecas procedente de Inglaterra. Abordo, el otrora emperador mexicano arreglaba sus asuntos y soñaba con ser recibido como en los viejos tiempos, con los honores de héroe de la independencia. Sin embargo, la razón debió llamar su atención y antes de atracar en Soto la Marina, regresó a su habitación a redactar su testamento.

El 12 de julio de 1824 y después de dos meses de viaje, Agustín de Iturbide volvió a México tras pasar un año en el exilio. Le acompañaban su esposa embarazada y sus dos hijos más chicos. El pretexto resultaba contundente: España comenzaba a amenazar seriamente la independencia del naciente México y el consumador de ella no podía mantenerse al margen. Así lo había hecho saber al pueblo mexicano al redactar su proclama titulada “A bordo del bergantín Spring”, justo unos días después de zarpar del puerto de Southampton.

"Vengo no como Emperador –explicaba Iturbide-, sino como un soldado, y como un mexicano; más aún por los sentimientos de mi corazón que por los comunes de la cuna; vengo como el primer interesado en la consolidación de nuestra cara independencia y justa libertad: vengo atraído del reconocimiento que debo al afecto de la nación en general y sin memoria alguna de las calumnias atroces con que quisieron denigrar mi nombre, mis enemigos o enemigos de la patria".

Pero sus detractores ya estaban listos para recibirle. Desde el 16 de marzo de ese mismo año, varios diputados del Congreso propusieron se declarase al ex emperador, traidor de la patria. No muchos se atrevieron a contrariar tal proposición y el 28 de abril, el presidente de la República, Nicolás Bravo, expidió un decreto en el que se le proscribía y en caso de que tocara suelo mexicano, sería pasado por las armas.

Iturbide no tardó mucho tiempo en enterarse. Aprehendido por Felipe de la Garza el ex emperador fue llevado a la villa de Padilla, donde se encontraba sesionando la recién creada legislatura de Tamaulipas. El ilustre prisionero llegó el 19 de julio, no sin antes haber despachado tres cartas el Congreso del estado, en las que trataba de explicar las razones de su arribo al país. Los legisladores, sin embargo, no prestaron atención a sus palabras y decidieron aplicarle todo el rigor de la ley.

Agustín de Iturbide fue fusilado aquel 19 de julio de 1824 en las afueras de Padilla, Tamaulipas. No permitió que las balas entraran en su cuerpo sin antes expresar frente al pelotón: “Mexicanos: en el acto mismo de mi muerte os recomiendo el amor a la patria, y observancia de nuestra santa religión, ella es quien os ha de conducir a la gloria. Muero por haber venido a ayudaros, y muero gustoso porque muero entre vosotros. Muero con honor, no como traidor: no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha; no soy traidor, no. Guardad subordinación y prestad obediencia a vuestros jefes, que haciendo lo que ellos os mandan cumpliréis con Dios; no digo esto lleno de vanidad, porque estoy muy distante de tenerla”. Minutos más tarde, el cuerpo del primer emperador de México yacía sin vida.

Días después, el diputado José Antonio Gutiérrez de Lara, quien presidía la legislatura de Tamaulipas en esos momentos, escribió a un amigo cercano que había acompañado al caudillo en sus últimos momentos. “Muchas veces, Iturbide dijo en el Congreso general –recordaba Gutiérrez- que para él no se había hecho el miedo; y aún esta verdad confirmó en su muerte, la recibió sin que le temblara un dedo y la precedió con una elocuente y bien concertada arenga, que produjo con los ojos ya vendados y en una voz tan sonora y entera como la que vio en el Soberano Congreso reducida a los mexicanos para que siempre unidos y sujetos a sus autoridades evitaran segunda esclavitud, concluyéndola para manifestar que no era traidor a su Patria suplicando, que no recayese esta impostura sobre su familia”.

Gutiérrez de Lara no pudo olvidar la ejecución, que tanta impresión le había causado: “Vi su cuerpo despedazado por las balas y su sangre corriendo sobre la tierra que antes había libertado: mi corazón quedó herido de este primer estrago que habían visto mis ojos y lo vieron por fin en una persona tan amada”.

Nada impidió que Iturbide fuera ejecutado. Ni sus servicios al país ni haber sido el libertador y consumador de la independencia. Nada fue suficiente para perdonarle la vida. De ese modo, la clase política de entonces, acabó con uno más de los héroes de la independencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada